• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Partido sin militantes?

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Estamos frente al curioso caso de una democracia protagónica sin protagonistas, si nos atenemos a los clichés del PSUV y a la abstención de su militancia en las elecciones internas del pasado domingo. Con un abultado número de inscritos que supera los siete millones, de acuerdo con los datos más cacareados, apenas se presentaron supuestamente dos millones de ellos a hacer cola para votar por los representantes al III Congreso de la organización roja rojita. Se trata de un caso digno de atención, frente a los graves y difíciles retos de la actualidad que debe enfrentar con rapidez el gobierno bolivariano antes de que le llegue el agua al cuello.

La crítica situación del país reclama medidas perentorias, muchas de ellas difíciles de tragar, que solo puede llevar a cabo un gobierno con un sólido apoyo popular, lo cual no es el caso del PSUV. Las circunstancias obligan a decisiones capaces de provocar un malestar generalizado, que solo puede amortiguarse con la calidez de los apoyos masivos que, como no pueden originarse en el ánimo de la población que se verá castigada por decisiones drásticas, deben contar con el auxilio de la militancia más comprometida y asidua.

Pero, ¿cómo puede el gobierno contar con unos seguidores que ni siquiera se tomaron la molestia de gastar unos minutos de su tiempo para escoger a sus representantes, ante un organismo de la más alta representatividad que se ocuparía del destino de la república y de la orientación del partido?

Es evidente que la gran mayoría de los psuvistas no se entusiasmaron con la convocatoria formulada desde la cúpula del partido. No se escatimó en propaganda para llamar a las masas, se invirtieron 1.230 millones de bolívares en el aparataje electoral, el presidente de la república, los ministros, los gobernadores y los alcaldes de confianza no desaprovecharon las ocasiones para llamar a la asistencia de la militancia, VTV y las radios comunitarias se convirtieron en portavoces insistentes de la búsqueda de votantes, pero hubo más colas en Mercal y en las entradas de los cines que en los centros preparados para recibir a los entusiastas de la tolda. ¿Resultado? Un partido revolucionario sin seguidores que hagan la revolución, una casa llena de habitantes que, de pronto, en un santiamén y ante la vista de todos, se vuelve despoblada hasta el extremo de parecer un desierto.

Según los analistas políticos más allegados al partido, la desolación obedece a la propuesta de delegados seleccionados en su abrumadora mayoría por un grupo de jefes nacionales y locales que pretenden fortificar su hegemonía y cerrarle las puertas a una disidencia que parece cada vez más vigorosa y peligrosa. Si ha sido así, para el apuntalamiento de pretensiones individuales y de apetitos grupales se ha cercenado la posibilidad de la democracia interna. Desde luego esto anuncia desde ya una lucha intestina que irá creciendo con el tiempo.

No sabemos cómo reaccionarán los perjudicados que no pudieron presentar su nominación, pero no resulta peregrino señalar que la escuálida votación puede ser la primera presentación de una factura que en breve será más abultada. Las bases de los partidos son muy sensibles a la indiferencia y el desprecio de las cúpulas que se creen inamovibles y eternas, tal como lo hemos presenciado a lo largo de la historia moderna de los partidos en Venezuela.

Un problema serio para el PSUV, desde luego, y para quienes viven en su casa y se sienten incómodos con los grandes señorones que la manejan y con los implacables porteros que han colocado en la entrada, aunque quizá no tanto en la salida, pero también para las decisiones que se deben tomar frente a la crisis general que vivimos todos los venezolanos.