• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Pan y respeto

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Adelantándose a la celebración del 1° de Mayo, la alcaldía de Caroní arremetió, con el apoyo de la Guardia Nacional y los consabidos esquiroles, contra una tarima que las fuerzas democráticas preparaban para un encuentro de Henrique Capriles con los trabajadores de las empresas básicas de Guayana, quienes en las pasadas elecciones inclinaron sus preferencias a favor del candidato de la unidad.

Capriles ganó en Bolívar, pero eso no le importa al alcalde rojo, como tampoco las leyes laborales al ministro de Vivienda o a los funcionarios de la gobernación zuliana quienes, sin pizca de vergüenza, han amenazado con despedir a quienes se sospeche respaldaron al abanderado de la alianza democrática.

Una actuación arbitraria y anticonstitucional que persigue fracturar el movimiento obrero y neutralizar el impacto de un descontento generalizado que, sólo en 2012, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, cobró la vida de 77 sindicalistas y trabajadores, que participaron en protestas diversas para exigir desde la firma de contratos colectivos hasta el pago de pasivos laborales, o mejoras del entorno y las condiciones medio ambientales.

Pero, quienes eran paladines de las reivindicaciones sociales se han convertido en patronos. Enchufados al descomunal aparato burocrático generado por la ineficiencia socialista y bolivariana, antiguos come candela de ayer, formados en el anarcosindicalismo, defienden hoy los intereses de un Estado totalitario y sacrifican la dignidad de los trabajadores en aras de un proyecto sin futuro.

Reclaman el apoyo de la masa laboral presentándose como impulsores de una supuesta lucha de clases de la que obtienen pingues beneficios. Por eso destruyen y desnaturalizan el movimiento sindical, creando a dedo “consejos de trabajadores” que, en las empresas tradicionalmente en manos del Estado, como Pdvsa, o adquiridas mediante caprichosas confiscaciones, como Lácteos Los Andes, proscriben o minimizan las justas aspiraciones de quienes le sirven de pretexto para sus actuaciones.

Mas el mundo se le vino abajo con el impopular paquetazo impuesto por Maduro y el crecimiento del trabajo informal. Para disimular el PSUV y sus aliados convocan a una marcha con sabor a verbena oficialista, mientras las fuerzas que le son adversas se manifiestan reclamando un porvenir signado por la libertad y la prosperidad como contrapartida de esta sociedad sombría y uniforme impuesta por Maduro.

El Presidente en veremos se dice obrero y sindicalista. Como Lula. Sin las luces y la sensatez del brasileño, refrenda esa pretensión con dispendio publicitario y nos preguntamos, ¿por qué si ambiciona liderar a una nación no propicia la reconciliación de sus trabajadores en vez de atizar la división?

Dice representar a la clase obrera y procurar su redención, pero no la respeta ni en su día. Olvida a Marx, quien alguna vez escribió: “El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”.