• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Pacientes con cáncer

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El cáncer es la enfermedad del tiempo. Desde el momento en que la enfermedad se anuncia al paciente, desata una amplia y profunda experiencia de crisis, que involucra a la persona y también a sus familiares. En el centro de esa crisis, laten las preguntas del tiempo: si  ha sido descubierta a tiempo; si el tratamiento debe iniciarse de inmediato; cuál debe ser su regularidad; por cuánto tiempo debe prolongarse; en cuánto tiempo la persona afectada podrá saber si el tratamiento le ha ganado el pulso a la enfermedad o si se ha potenciado. La pregunta esencial, como bien saben quienes han sobrevivido a un cáncer, y que siempre arrincona a los profesionales de la salud relacionados con la oncología, es la del tiempo de vida. Si el deseo de vivir de cada quien tiene su propia conformación, hay un lugar donde él coincide con todos los demás: los seres humanos vivimos con la aspiración de tener una vida larga, una vida proyectada en el tiempo.

Que una persona que ha recibido el anuncio de que padece un cáncer, es decir, una persona aterrada, que conecta todos los elementos de su psique al avance de la enfermedad en el tiempo, deba esperar por meses para iniciar su tratamiento, es algo que no tiene calificación. Que alguien que está recibiendo un tratamiento deba interrumpirlo porque una máquina se dañó por falta de mantenimiento, es un hecho simplemente abominable. Que el desempeño del sistema público de salud siga siendo incapaz de proveer las únicas respuestas que merece un enfermo de cáncer, que son respuestas inmediatas y eficaces, dignas de la ansiedad de tiempo propia del paciente con la patología, es nada menos que una manera de tomar partido por la enfermedad.

Este editorial, con legítimo fundamento en los hechos, podría volver a denunciar al sistema público de salud venezolano. No en lo relativo a cada una de las secciones y tareas inherentes a su enorme, truculenta y oxidada complejidad, sino de forma específica a todos los factores relativos a la atención oncológica. Pero más que denunciar lo que el país ya sabe, más que repetir las humillaciones y agravios que la burocracia añade al sufrimiento de los pacientes con cáncer, lo que ahora cabe hacer es preguntarnos qué pasa en Venezuela que ni siquiera los pacientes con cáncer logran adquirir la dignidad necesaria que los acompañe en su lucha con la enfermedad.

¿Qué pasa con los funcionarios que deberían actuar con celeridad y sentido de vida, para garantizar que el Estado provea de soluciones a los enfermos? ¿Qué pasa con las más altas autoridades del Ministerio de Salud, cuyas decisiones y directrices no logran que esa institución establezca una “política del tiempo de respuesta” a los pacientes con cáncer? ¿Cuál es la condición político-moral de un régimen, que en su afán de controlarlo todo, todo lo paraliza y retrasa, y que todavía, a pesar de haber tenido las arcas llenas de dólares, no alcanza a hacer una discriminación que está fuera de toda discusión, esa que nos dice que un paciente con cáncer no puede, no debe esperar?