• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Orden presidencial

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Suponemos que abundan las personas que se han sorprendido ante el último “consejo” de Maduro, en materia de lecturas perjudiciales para los venezolanos. Todos sabemos que, como cualquier ciudadano formado en los institutos educativos bolivarianos del país, tiene predilecciones al escoger periódicos, libros, revistas, programas de televisión o películas muy edificantes como El Hombre Araña, como lo confesó recientemente.
De manera que los venezolanos deben estar atentos a sus profundas y fértiles reflexiones producto de sus largas horas de lectura, análisis y discusiones sobre la decadencia de la cultura occidental, de las alteraciones ideológicas en el seno de las corrientes del materialismo histórico, de cómo el marxismo se ha “tropicalizado” y hoy ilumina no solo a Cuba sino las cumbres andinas de Ecuador y Bolivia, las selvas de Nicaragua y los llanos de Venezuela.

Igualmente imaginamos que ha desarrollado muchas antipatías en materia de publicaciones, pero no deja de impresionar que se ponga a pontificar sobre la prensa sin tomar en cuenta el alto cargo que ahora ocupa.
Ayer el señor Maduro le ordenó al país entero: “No lean El Nacional”. Ningún jefe de Estado, ningún político desde cuando se formó Venezuela como república, se había atrevido a una disposición semejante. Se sabe que Joaquín Crespo le temía a los pasquines de los universitarios más que a los sables de la Federación, pero jamás se le ocurrió decir en público que no los leyeran.
Tal vez un bárbaro como Eustoquio Gómez llegara a pensar en la necesidad de desaconsejar ciertas lecturas, pero no se atrevió a expresar cabalmente su peregrina idea.

El general Pérez Jiménez prohibía la edición de periódicos sin hacer escándalo, para no parecerse a los españoles contra los cuales se había hecho la Independencia. Por consiguiente, Maduro debuta como censor a los ojos de todos. En especial debido a que no pide que se deje de leer El Nacional porque sus editores mienten, ni porque sus reporteros tergiversan la realidad, sino simplemente porque a él no le gustó la noticia sobre las elecciones municipales aparecida en sus páginas.

Capricho, arbitrariedad, autoritarismo, estupidez… cualquiera de estos vocablos sirve para calificar el atrevimiento evidenciado en el hecho de que se le ordene a la ciudadanía que no lea ni compre El Nacional porque le produjo molestias a una autoridad superior.

Pues bien, El Nacional comunica a la suprema autoridad, y también a sus lectores y a quienes pueda interesar, que se siente orgulloso ante tamaña discriminación. No por lo que tiene de anacrónica y de autocrática, lo cual no deja de ser alarmante, sino especialmente porque el insólito “consejo” del indeseable “consejero” confirma a El Nacional como un periódico independiente, como un vocero que no espera la licencia del gobierno para trasmitir la verdad, como una publicación que no admite bozales de arepa.