• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Novedades vaticanas?

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Se tiene la idea de que Francisco trae en su pontificado el oxígeno que necesita la Iglesia para renovarse. La manera de presentarse desde su elevación al solio de Pedro ha sido como un imán para las multitudes. La espontaneidad de sus declaraciones han multiplicado su popularidad y, con ella, la esperanza de las reformas que requiere la institución que administra un credo fundamental para la humanidad. La sencillez de sus maneras también alimenta el anhelo de cambios. Sin embargo, la procesión de las reformas viene por dentro desde hace tiempo y ahora apenas parece más evidente.

La beatificación de Pablo VI, justo cuando concluye el sínodo episcopal convocado por Francisco para el tratamiento de temas acuciantes que se relacionan con la vida cotidiana, remite el origen de las alternativas de mudanza que se atribuyen al pontífice argentino. Pablo VI fue el primero de los papas del siglo XX que no le tuvo miedo a las novedades.

Con un concilio dejado a medias por su antecesor, el ahora santo Juan XXIII, Montini se atrevió a retar a la jerarquía tradicional y pudo llegar a mediaciones sin las cuales no se llevarían a cabo las reformas de la actualidad. Puntos fundamentales como la reducción de las tiesuras y formalidades de la corte papal, la eliminación de la tiara como símbolo de un poder absoluto, el destierro del Índice de Libros Prohibidos y la renovación de la liturgia mediante el uso de lenguas nacionales en la misa y en otros ritos para la comunidad, son el legado medular de un pontífice cuya beatificación se convierte en un incentivo para las mudanzas más profundas que se deban realizar.

Aunque parezca difícil de tragar, también se deben observar anhelos de cambio en el pontificado de Benedicto XVI, a quien la mayoría de los especialistas en temas vaticanos considera como exponente de un entendimiento ortodoxo de la doctrina.

En el Catecismo consagrado durante su reinado se le abren muchas ventanas al futuro, según aseguran algunos teólogos de importancia, pero especialmente en el hecho de su inesperada renuncia. La abdicación de un pontífice apegado a la tradición, cuando ningún huracán pone en riesgo la navegación de una barca manejada con tiento, conduce a una interpretación ineludible: Ratzinger quiere que las cosas cambien de veras, más allá de lo que él pueda consentir sin incomodidad, y se retira a esperar las novedades y quizá también a vigilarlas ante las señales de un siglo tan desafiante que en poco se parece al tiempo convulso del papa Montini.

Francisco escogió a monseñor Bruno Forte como secretario especial del Sínodo cuyo primer capítulo acaba de concluir, y se le vio muy solícito ante la gestión. Forte fue elevado al arzobispado por Ratzinger, quien no se cansó de elogiar sus cualidades de sesudo teólogo. El hecho de que a él acuda ahora un papa “venido del fin del mundo” remite a un entendimiento de las reformas como parte de un proceso en marcha que ahora se quiere profundizar, y cuyo origen se encuentra en Paulo VI, elevado a la beatitud.