• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Noche y sangre

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Permanecer con vida en Venezuela se ha convertido en un hecho fortuito. Depende cada vez más de un sector vandálico de la población que, con armas en la mano, acorrala a la gran mayoría de la gente decente y trabajadora, a esa que necesita este país para salir adelante, a la que cree que con su aplicación en los estudios, su superación en el trabajo y su disciplina pueden alcanzar un nivel mejor para ellos y su familia.

Cuando regresan a casa de estudiar, de trabajar o los fines de semana luego de divertirse, los espera una amenaza en cada calle, en los estacionamientos de sus bloques o edificios, a las puertas de su humilde casa o de su quinta en las urbanizaciones.

Los criminales están en todas partes y ejercen su violencia de una manera cruel, sistemática e infame. Para ellos, los que están armados, el resto de los ciudadanos desprevenidos y desarmados son apenas sujetos de esa voluntad de matar, independientemente de que tengan o no objetos de valor aprovechables para su satisfacción personal.

Hoy se mata a cualquier ser humano por estar en un sitio donde ocurre una balacera entre bandas, por ser testigo de un asesinato, por denunciar a una banda de malandros, por ser mujer y acusar a su pareja de violencia doméstica, por chocar en el tránsito a una camioneta de algún jerarca del Gobierno o a un motorizado, estacionarse mal o exigirle a un funcionario que no vulnere la ley. La gente ya no se atreve a pasar por Pdvsa no sea que a alguien se le vaya un tiro y quede tirado allí en un charco de sangre.

Los venezolanos nos hemos acostumbrado a vivir con el horror y la muerte, con la violencia y la superioridad armada de aquellos que no respetan la vida de nadie. Poco a poco el Gobierno está sintiendo que aquellos grupos marginales que ellos armaron en su momento se han vuelto peligrosos hasta para su propia gente.

Si alguien se atreve a circular de noche por los bloques del 23 de Enero ya sabe a lo que se expone: a un control de circulación que no responde con seguridad a nadie: ni a grupos políticamente conocidos ni a malandros desconocidos, sino a una tenebrosa oscuridad que nadie logra descubrir plenamente, algo inusual porque nada se mueve en esa zona popular sin que algunos jefes revolucionarios del área sepan quién anda armado por allí en la noche.

Ni siquiera a Policaracas ni a la Policía Nacional se les puede exigir mejor control que ese ejercido por los grupos armados, porque, en efecto, nada se mueve sin que ellos se enteren.

Vale la pena que hurguen y expliquen a la comunidad de este diario quiénes asesinaron a la trabajadora Xaimar Estafanía Motas, empleada ejemplar y compañera de todos nosotros, y al chofer que la transportaba a su hogar entre los bloques 1 y 4 de La Silsa, al regresar de su trabajo.

La comunidad de El Nacional en pleno exige que el Gobierno asuma su deber y garantice la vida y los bienes de los venezolanos, que se ponga fin a la violencia en las calles y que el país recobre la tranquilidad y la calma.