• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Negocios de madrugada

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A pesar de que todavía no funciona plenamente el sistema de racionamiento biométrico -último oasis del desierto de ideas gubernamentales- ya su rechazo ha dejado un sangriento resultado provocado por la desproporcionada represión desatada por la Guardia Nacional Bolivariana en contra de gente común que, con sobrada razón, se opone a un instrumento violatorio de sus más elementales derechos, al convertirlos en sospechosos a priori, como sostienen especialistas en materia constitucional.

Quienes protestan lo hacen hartos de constatar cómo el tiempo se les escapa en interminables esperas, un mal inherente al socialismo y que lo ha caracterizado en todo los países en los cuales se ha ensayado sin éxito. Pero resulta -y de esto la administración de Maduro no se percata- que las colas no se forman únicamente en abastos y supermercados, sino que se extienden, por todo el territorio nacional, a cada oficina donde haya que realizar uno de los innumerables trámites que, por principio y para cualquier cosa, exige el régimen a la hora de conceder un permiso sin importar su propósito.

Es asunto de nunca acabar: los medios reseñan a diario el malestar generado por una práctica que no mejora y cuya solución pasa por una auténtica reforma administrativa y no por una revolución corrupta y voraz que ha magnificado la burocracia en proporción directa a su ineficiencia; que crea cargos a granel, sin reparar en que, en lugar de resolver, complica y va construyendo un laberinto burocrático donde no hay hilo de Ariadna que valga.

Pero, la profusión de empleados, oficinistas y gestores es apenas un aspecto de esta Venezuela que cada vez se va pareciendo más a un campo de concentración y menos a una nación, pues a la tozudez de los tinterillos duchos en profundizar en asuntos sin trascendencia, se suma la escasez; esta vez no es sólo de alimentos y productos indispensables para la higiene y la salud, es una tara que afecta al sector público al punto de que, por ejemplo, el otorgamiento de licencias para conducir se ha suspendido por falta de insumos para confeccionarlas; no hay papel, no hay estampillas, no hay pasaportes, no hay cédulas, a este ritmo no habrá cómo registrar nacimientos, matrimonios o defunciones, y mucho menos la partida de nacimiento del susodicho.

Se podría argumentar que los registros puede ser automatizados; pero quién nos garantiza que los discos duros donde se asienten los datos no serán borrados por un repentino y previsible apagón, y que a las carencias materiales se sume el desabastecimiento virtual.

Vivimos, no en revolución sino en cambalache y hemos de resignarnos a que si no nos agarra el chingo nos atrape el sin nariz en un despacho oficial. ¡Ah, pero hay curas para las colas! Hay quien las hace por uno desde la 4 de la madrugada: entre 500 y 1.000 bolívares cobran por el plantón, de modo que tal vez no haya mal que por bien no venga, y la impericia oficial haya servido para fomentar, además de la especulación, nuevos y populares negocios.