• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Negar al padre

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Reza un apotegma de Gracián, hombre juicioso cuya mesura supo verter en un Oráculo manual y arte de prudencia (1647): “Errar es humano, pero más lo es culpar de ello a otros”. De esa sentencia podríamos inferir que la manía gubernamental de culpar a otros de sus errores, tropiezos y dislates podría entenderse no como una forma de eludir sus responsabilidades, sino como una incomprensible e infantil manera de decir “yo no fui”.

Y, en honor a la verdad, no es el chavismo la única administración que se ha aferrado a esta práctica de escurrir el bulto. Tiempo atrás, adecos y copeyanos solían achacarse unos a otros la autoría de sus desatinos.

Con un siglo de antelación, el autor de El Criticón, Michel de Montaigne, escribió: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”. Una afirmación a cuya luz el proceder oficialista se nos antoja más bien indigno de cualquier consideración positiva.

Y si se nos preguntara qué pito toca Gracián en este cuento, podríamos alegar que, buceando en aguas del pasado, intentamos encontrar una explicación sensata a tanta insensatez oficialista. Porque es llana y pura insensatez lo que motiva a los líderes del PSUV a desmarcarse del pasado del cual forman parte para bien o para mal.

Maduro es arte y parte de la gestión bolivariana. Su obediencia al héroe de La Planicie nunca estuvo puesta en duda. Pero ahora resulta que Nicolás está en campaña. Y cuando se está en campaña mucho se debe ofrecer, aunque no sean más que promesas para ser incumplidas apenas la gente termina de votar.

El ungido intuye que el chavismo sin Chávez es una quimera, que el continuismo reclama destrezas que ni él ni sus allegados poseen y, así se enreda en su propia madeja, sin saber cómo explotar el capital político que le ha caído del cielo. Ahora se encuentra en un mar de contradicciones partidistas en las que puede naufragar ante la amenaza del inexorable ascenso de Capriles en las encuestas.

Maduro se compromete (hasta con su vida, dice a menudo) a solucionar los problemas no resueltos por la ineficiencia de su antecesor. ¡Vaya manera de rendir culto a la memoria del héroe caído! Se deslinda del gobierno anterior, pero no del todo, pues cuenta con Hugo devenido en pájaro para hacerse elegir.

Lo peor es que ya nadie hace el esfuerzo de creerle y el venezolano de a pie ha comenzado convertir sus promesas en objeto de burlas continuadas. Y aunque el agua pasada no mueve molino, puede, sin embargo, sacudir conciencias. De allí que su oferta no sea augurio de porvenir sino vindicación de un pasado del que trata de huir hacia adelante, buscando culpables para descargar sobre ellos los agravios y denuedos dictados por la impotente rabia provocada por el no saber qué hacer. Pero, ya se sabe –y lo decía nada menos que Jean-Jacques Rousseau‎–, las injurias son las únicas razones de quienes tienen la culpa.