• Caracas (Venezuela)

Editorial

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Es grave la crisis que, por falta de divisas, padecen industrias que alguna vez fueron emblemas de calidad hecha en Venezuela, como las textileras y las fábricas de calzado. Al respecto, voceros de las cámaras y asociaciones que agrupan a empresas de esos ramos han revelado que, por insuficiencia de insumos, ya no tiene sentido laborar más de 3 días a la semana y, lo más alarmante, han advertido que no están muy seguros de satisfacer la demanda decembrina.

Tal situación se suma a la inhabilitación forzosa a la que han sido sometidos los importadores por una absurda política cambiaria que pareciera diseñada a partir de la creencia de que vestir y calzar son veleidades de la pequeña burguesía.

Así mismo, esta convicción pende como espada, no de Damocles, sino del Sicad, sobre los centros comerciales cuyos locales deprimen por el opresivo vacío que se ha apoderado de sus estantes y amenaza con extenderse más allá de fin de año.

Diciembre, es pertinente subrayarlo, es un mes en el cual los ánimos suelen ser apaciguados por el llamado espíritu de la Navidad, se caracteriza por la invasión de gaitas y villancicos que se dejan escuchar en todas partes, además de vistosas decoraciones y de adornos que engalanan edificios públicos y privados.

En los establecimientos oficiales, a pesar de que Chávez abominó de ellos, no desaparecieron del todo los arbolitos, los San Nicolás, los renos, la nieve y los trineos que animan los acostumbrados saraos para celebrar el intercambio de regalos, así como el cobro de aguinaldos, bonos y utilidades.

Ese dinero extra que se utilizaba para alegrar a los niños con sus juguetes y a los adultos con las hallacas y que, por cómo soplan los vientos, este 2014, parece destinado a financiar apenas la cesta básica alimentaria.

Hay que olvidarse de la significación que, para la familia venezolana, tiene el ³estreno², esa alegre costumbre de desechar lo viejo para lucir lo nuevo como convocatoria de la buena suerte, pero que en virtud de la tozudez y el dogmatismo de los que manejan la economía nacional, está en trance de desaparecer.

En Cuba, la Navidad y todas las conmemoraciones que en algo recordaran al sandunguero y alegre pueblo antillano fueron abolidas por decreto. Se imponía una moral revolucionaria que consideraba sospechoso todo atisbo de divertimento y se cavó una tumba para la rumba suplantando ésta por La Internacional, de modo que el baile diese paso al ritmo marcial que implica entonar ³¡Arriba, parias de la Tierra! ¡En pie famélica legión!² por quienes, si a ver vamos, no eran exactamente ni tan parias ni tan famélicos.

Pero era la moral para un hombre que iba a ser tan, pero tan nuevo que, si juzgamos en términos cuantitativos el éxodo a Miami y la diáspora propiciada por esa ética marxista, todavía no termina de aparecer.

La queja de los industriales y el lamento de los comerciantes no parecen conmover a una testaruda administración incapaz de abandonar sus ideas fundamentalistas, aunque sabe que la está poniendo, ¡y bien grande!, en materia económica.
Pero se aferra a un recetario anacrónico en nombre de una supuesta herencia revolucionaria que sólo es peso muerto y, para enredar aún más el papagayo, delega su prescripción en la gerontocracia cubana, presidida por el comandante Vinagreta.

La conducta del gobierno lo que busca es emular al caimán barbudo y ponerle punto final a una fiesta que consideran pagana y típicamente capitalista, pues estimularía el consumismo y el gasto en cosas superfluas como los regalos.

Afortunadamente, el último mes del año también es, en nuestro país, el más caliente de la temporada beisbolera, por lo que, sin ropa y sin zapatos, nos queda el consuelo de pasar la Navidad, como el Niño Jesús, en pelota.