• Caracas (Venezuela)

Editorial

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El mes de diciembre ha sido un verdadero calvario y no precisamente un pesebre navideño para la cúpula madurista que se creía, tan solo hace dos años atrás, dueña y señora no solo de las contiendas electorales, sino del país entero y del entorno diplomático latinoamericano.

El CNE se arrodillaba y cumplía órdenes disciplinadamente como un batallón de la FAN aunque, todo hay que decirlo, sin la precisión y galanura de la Guardia Real en Londres, sino un poco más cerca del caminar hacia delante, a un costado y hacia atrás al mismo tiempo, de los tres chiflados. La presidente del “organismo comicial” estaba bastante subida de peso, cambiaba de talla como los pronósticos diarios de hombre del tiempo y su cara reflejaba la luna llena navideña de hoy aunque fuera agosto.

Nada hacía presagiar las noches oscuras que se aproximaban, de bandidos y de aventureros, de asaltantes del poder y de líderes descalabrados moralmente. La mar se veía tranquila y serena, en el buque el capitán acariciaba el timón y echaba de paso unas siestas y soñaba que veía a Nico alejarse en el horizonte embarcado en una chalupa, como las que usaban los corsarios para apartar hacia tierra a quienes entorpecían el orden entre la marinería.

Sí le inquietó que, en el horizonte y hacia Aruba, el cielo se encapotara. Pensó en el compadre y se dijo que mucha gente (y agentes) le querían ver el hueso al pollo. Lo más aconsejable era que ante tanto peligro se le diera una protección no ya diplomática sino parlamentaria. Sin duda ardería Troya, pero a los civiles de su partido había que tratarlos como lo que son: civiles. Igualitos que el grito de guerra de los indios caribes: “Solo nosotros somos gente”.

Avanzado el año supo por las encuestas que el camino del triunfo electoral estaba muy empedrado, que dentro del partido los jefes históricos estaban oliendo mal, que la gente se distanciaba silenciosamente al estilo de los campesinos mexicanos, con la cabeza gacha, con la mirada hacia otra parte. Por aquí huele a traición, fue lo primero que pensó.

Mucha gente se alejaba del partido, otros desaparecían de repente y resucitaban en Washington, hablando como si fueran loros con cocaína. A estas alturas los gringos tenían un mapa del poder bolivariano y de sus rendijas mejor que los de Google. Ya no era la DEA, ni los servicios antidrogas de Inglaterra, España, Francia, Holanda y pare de usted de contar. Ahora la información caliente les llegaba del corazón mismo del poder rojito. De integrantes de su entorno, de gente de su confianza. ¿Cuánto tiempo le quedaba para guarecerse de la tormenta que se le venía encima?

Y para colmo de males, ahora el par de sobrinos de la señora, dos tontos de capirote, se meten en el negocio sin conocer bien las hierbas. Y luego aparece otro de la familia, más peligroso porque ese sí que maneja real. A veces creo que más que yo. Y no hay manera de que aprendan a cuidarse. Y tanto que le advertí a Ramírez que disciplinara a Dieguito, que por allí le podrían llegar.