• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La Misión Danilo

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Poco a poco y de una manera cruel, el gobierno ha venido cercando con alambres de puas, como si fueran campamentos de la Segunda Guerra Mundial, todo lo relativo al comercio entre particulares, ya sea aquellos que expenden al mayor como quienes se dedican al mediano o al comercio minoritario. La estrategia de la propaganda oficial es presentar a cualquier venezolano o extranjero que se dedique a vender productos y mercancías de curso legal como un delincuente en potencia.

Para este gobierno ser comerciante, tener un negocio, alquilar un local a otra persona para que desarrolle una actividad comercial es poco más o menos que un delito gravísimo. Pudiéramos decir que en las mentes acaloradas del chavismo de pura cepa (o de sopa porque agarraron a los comerciantes de sopa) todo aquel que se atreve al intercambio de mercancías es, como lo ha leído cualquier aficionado a la ciencia ficción, un “predelincuente”, es decir alguien a quien hay que tener bajo vigilancia y actuar contra él antes de que cometa su fechoría.

De manera que al señor Maduro y al ministro de marras (de cuyo nombre no vale la pena acordarse) le parece de lo más normal que en una actividad tan privada y particular como lo es la compra y venta de un producto, o el alquiler de un local, o la adquisición de un vehículo, etcétera, debe intervenir el gobierno hasta en el más mínimo detalle “por si las moscas”. La verdad es que las moscas son algunos chavistas que, valiéndose de sus contactos con el poder, meten la mano y cobran comisiones a los comerciantes.

Pero volviendo al tema principal, los venezolanos se preguntan si alguna vez han conocido a un comerciante gafo, o lo suficientemente idiota para dejarse engañar al punto que necesite la intervención de la mano salvadora de Nicolás. En el comercio como en todas las actividades humanas resulta fundamental un amplio margen de libertad que permita que se desarrollen con naturalidad los intercambios entre las personas, sin que medie el paternalismo del Estado. Sólo en casos de extrema emergencia social se admite el control para evitar males mayores.

Ahora resulta que millones de venezolanos son gafos, tontos o ingenuos y no saben proteger sus intereses y necesitan que llegue el señor Maduro a poner orden ¡luego de quince años de estar los chavistas de manganzones en los ministerios, en la Asamblea Nacional, en Indepabis o como se llame ahora! Se acaban de enterar que es necesario ayudar a quienes durante tres lustros fueron supuestamente objeto de atropellos y desmanes de parte de quienes les alquilaron un local.

Nadie les cree porque los venezolanos no son tontos, porque los comerciantes no se dejan robar la cartera tan fácilmente, porque quienes necesitan alquilar un local para montar un negocio firman contratos y esos contratos son redactados por abogados que conocen las leyes y manejan muy bien la normas que rigen ese tipo de relación contractual.

¿A qué se debe este interés del señor Maduro de ocuparse por los centros comerciales luego de quince años de haber llegado al poder? El gobierno, ni que lo jure de rodillas, le va a hacer creer a los venezolanos que actúa de buena fe, como una hermanita de la caridad, guiado por la redención de los medianos y pequeños comerciantes que sufren y son explotados. Los ciudadanos se saben defender, se unen, protestan y no se detienen ante nadie por muy poderoso que sea. El ejemplo más claro son los estudiantes y la humillación que le han infligido a un mayor general.
 
Maduro quiere “acabar con la especulación en el cobro de arriendos, sobre todo en los centros comerciales”. Pues acaba de nacer la misión Danilo Anderson, devoto de esos centros.