• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Miserias y firmas

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Como se ha informado por diversos canales, los ³benefactores² del régimen están distribuyendo bolsas de comida a cambio de la firma de quienes las reciben. Son entregas mínimas, que contienen apenas lo básico para subsistir un par de días en el seno de una familia pequeña y de escasos recursos, pero es escandaloso el precio que se debe pagar por la recepción de la ayuda. El cicatero auxilio debe ser correspondido con una hipoteca de la dignidad y de la autonomía ciudadana.

Después de pagar la cantidad que se les exige por la precaria dieta, las personas humildes que hacen la cola para saciar el hambre deben firmar una planilla en la cual manifiestan su repudio a la Ley de Amnistía aprobada por la mayoría de la Asamblea Nacional.

En el encabezamiento de la planilla, después de destacar los propósitos oscuros de la citada regulación y de anunciar una especie de apocalipsis que desataría una medida que cuenta con sólido soporte popular, se hace una apología de la gestión de Maduro y se convoca a su masivo respaldo.

La firma del insólito documento, de la deplorable obligación a la que se deben sujetar a la fuerza porque de lo contrario se quedan en ayunas, es la más reciente evidencia de cómo desprecia el régimen a sus gobernados, así como de la preocupación que lo invade ante la posibilidad cierta y cercana de que su jefe sea echado por las buenas de Miraflores.

Estamos ante uno de los testimonios de desprecio de los venezolanos que solo puede ofrecer un régimen que jamás nos ha considerado como individuos capaces de pensar y de realizar importantes gestas a favor de la democracia.

Desde los tiempos de Hugo Chávez, apenas hemos sido piezas movidas según el antojo del mandón para mantenerse en el poder. Un discurso caracterizado por la demagogia y por un pretendido amor hacia los pobres ha tapado las manipulaciones más groseras de las masas y su utilización para los designios políticos de las alturas.

Este pavoroso movimiento mediante el cual no solo se juega ahora con las carencias de los desposeídos, sino también con su decoro y con su albedrío, es una nueva evidencia del vilipendio al cual se ha sometido a la población durante una década excesivamente indecente.

El hecho de que se atrevan los rojos rojitos a ejecutar semejante vilipendio en el medio de la calle, sin sentir vergüenza, sin un mínimo sonrojo, da cuenta de los aprietos que están pasando debido al repudio creciente de la ciudadanía. Pero, independientemente de la urgencia que los conduce a una medida tan deplorable y tan llena de ofensas hacia el prójimo, solo ponen de manifiesto la idea ya antigua que tienen de que todos les pertenecemos sin límite y que, por lo tanto, estamos y estaremos sujetos a sus insultos y a sus desaires.

¿Resistirá la sociedad venezolana esta nueva insolencia irracional, este descarado desprecio que parece salido de una obra de ficción? Es demasiado incivil la afrenta como para que nuestra sociedad la soporte de manera impasible.