• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Miserias del contrabando

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Existieron felices tiempos en los que nuestro signo monetario era apetecido en los mercados internacionales. Eran épocas de petróleo barato, pero los gobiernos se esforzaban por gravar al máximo a las transnacionales que manejaban el negocio. A la vez alentaban a los empresarios locales, mediante un programa de sustitución de importaciones, a que produjesen lo que había que comprar afuera, para lo cual se les concedían préstamos, subsidios e incentivos fiscales.

Del bolívar podía decirse entonces que era ³poderoso caballero², como el Don Dinero de Quevedo. El poder adquisitivo de nuestro bolívar estimulaba el contrabando desde los países vecinos y no el de extracción, valga decir, hacia afuera, como sucede hoy con los erráticos controles que sin consulta alguna impusieron en la frontera con Colombia.

Y si calificamos de errático ese operativo es porque el mismo se acomete bajo la supersticiosa premisa de que el crimen sólo trabaja a la sombra y, por tanto, es procedente restringir el tránsito fronterizo en horas nocturnas.

Sin embargo, el contrabando de extracción, como se le llama al tráfago de productos subsidiados y comprados a precios de famélica gallina en el mercado interno para venderlos por lo que realmente valen en suelo colombiano, se practica a la luz del día -como el narcotráfico- con la vista gorda y complicidad de quienes deberían combatirlo y son dueños de los caminos verdes.

Sólo una moneda estable y una economía competitiva pueden frenar el flujo irregular de mercancía más allá de las líneas que nos separan del país vecino. El bachaqueo prospera porque este régimen envileció el bolívar a tal punto de que hoy sucede exactamente lo contrario de lo que acontecía antaño, cuando habitantes de Táchira y Zulia iban de compras a Cúcuta y Maicao y adquirían artículos de cuero, café, ron y otros bienes tenidos en alta estima por los venezolanos.

Y no hablemos de Falcón y Nueva Esparta, estados por donde, vía marítima, entraban ilegalmente ingentes cantidades de ropa, cigarrillos, bebidas alcohólicas, quesos, y alimentos enlatados. Tal era el peso de estos ilícitos que, en los años 60, la naciente Pro Venezuela patrocinó una campaña con la consigna ³Comprar contrabando es comprar miseria².

La gente, que se resistía a consumir productos cuya calidad dejaba mucho que desear, pues no existían las normas que, con el tiempo, certificaron la excelencia de los artículos hechos en Venezuela, se ufanaba de vestir, fumar y beber ³miseria².

Para combatir y acabar con ese comercio alterno -con el cual debía competir en desventaja el empresariado nacional- se crearon las zonas francas y los puertos libres. Valga decir que con una respuesta contundente se extirpó un cáncer de arraigada y centenaria tradición.

La pregunta es por qué hoy no se toman las decisiones para acabar definitivamente con el contrabando y que implican, en primer término, enfrentar y solucionar el control de cambio y, de paso, sincerar el precio de la gasolina.