• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Miranda socialista

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La utilización de los próceres en función de los proyectos políticos de la actualidad es grotesca. Tenemos el ejemplo mayor de tal manejo en la manipulación de la figura del Bolívar por el chavismo, la más escandalosa desde cuando se estableció en el país el culto a los héroes. Un aristócrata criollo de principios del siglo XIX no solo fue convertido por Chávez en socialista del siglo XXI, sino también en un espécimen de rasgos mulatos, como si la raza determinara la vocación política y la virtud de los hombres.

En esta oportunidad le ha tocado el turno a Francisco de Miranda, el Precursor de la Independencia. Las palabras que le ha dedicado Maduro, con motivo de la conmemoración del bicentenario de su muerte, serían dignas de la carcajada si no fuesen muestra de una ignorancia y de un irrespeto proverbial. El hecho de relacionarlo con las causas populares, después de vestirlo con la ropa de un extremista de la Revolución Francesa, indican una extralimitación que solo Chávez fue capaz de protagonizar en su papel de animador de feria metido a historiador. No es este el lugar para ofrecer lecciones de historia, pero conviene colocar al Precursor en su sitio para evitar que los incautos caigan en la burda crónica del jefe del Estado, para que nadie más se postre ante el altar mentiroso y promiscuo de los nuevos tutores de la memoria nacional.

Miranda jamás pensó en una revolución popular, sino en el establecimiento de una monarquía constitucional en el continente, siguiendo el modelo inglés. Así lo propuso en un plan llamado Incanato. Fue amigo y contertulio de los representantes del Despotismo Ilustrado, entre ellos la zarina de Rusia, que no fue modelo de libertad y tolerancia, sino todo lo contrario. Después, cuando se adhirió a los principios republicanos, fue defensor de la autonomía de los poderes públicos, es decir, de lo más divorciado y opuesto al entendimiento del gobierno que tienen los gobernantes chavistas.

Apoyó, como todos sabemos, la incipiente democracia de Estados Unidos, pero pensó que allí debían mandar los más preparados y no los palurdos que el pueblo había escogido como congresistas. Le temía a la guerra de razas y clases, hasta el punto de que propuso que, de ninguna manera, se imitara en Venezuela el tipo de gobierno impuesto por los ³jacobinos negros² de Haití.

No podía pensar de otra forma un asiduo del primer ministro inglés, ni un girondino convicto y confeso. Los girondinos, por si lo desconoce el presidente Maduro, formaron el partido moderado de la Francia revolucionaria, contra cuyas cabezas se afiló la guillotina de Monsieur Robespierre. Y así sucesivamente. Hombre de su tiempo, no traspasó los límites del pensamiento ilustrado de su tiempo. Amigo de los salones refinados y de las hembras encopetadas que lo habitaban, solo se acercaba a la plebe y a las camas plebeyas en ocasiones excepcionales.

 Que ahora Nicolás Maduro lo convierta en adelantado de la revolución socialista es una necedad infinita, propia de los discursos rojos rojitos