• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Miguel Otero Silva

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Un miércoles 28 de agosto de 1985, El Nacional fue sacudido por un mar de sombras encrespadas, de silencios que avanzaron entre sucesivos recuerdos, de tristezas que se agigantaban a medida que crecían las horas y con ello la certeza de la devastadora noticia. Miguel Otero Silva, fundador de este diario, había muerto repentinamente a causa de un aneurisma en la aorta. Luchó por conservar la vida hasta el último minuto, no se rindió tan fácilmente y contrarió la prisa del destino aferrándose con voluntad y firmeza a la ayuda de sus médicos que dieron todo de sí por salvarlo.

Miguel Otero Silva fue un hombre múltiple a quien todos los quehaceres del mundo, por pequeños que fueran, alertaban sus sentidos y encendían su curiosidad. No le era ajeno el placer, que no el oficio, del periodismo que dominó a lo largo de su vida, como también el humorismo, la prosa y la poesía, la política y el deporte, la plástica y el teatro, el hipismo y la gastronomía.

"Aunque no lo decía -escribió Arturo Uslar Pietri- era evidente que consideraba su labor suprema la creación de El Nacional, un diario hecho a su imagen, que marca un nuevo tiempo en la historia de nuestro periodismo". Agregaba que "ya vendrá el momento de hacer el estudio y la valorización de su varia y larga obra, de su acción y creación, pero desde hoy mismo podemos decir, sin error posible, que ha muerto un gran escritor, un gran periodista y un gran venezolano".

Venezuela fue siempre el rumbo de sus desvelos. Por este país sufrió la represión militar, la cárcel y el exilio. Fue un preso de militares ineptos y corruptos que lo repudiaban por ser un abanderado de la democracia y de la libertad de expresión. Defendió el derecho de los venezolanos de elegir libremente a sus mandatarios y combatió la dictadura de Gómez tanto en la rebelión de los estudiantes del 28 como en la expedición que desembarcó por las costas falconianas buscando sembrar otro futuro.

Jamás se rindió cobardemente luego de una batalla y nunca utilizó sus sacrificios para obtener cargos públicos y expoliar desde allí el tesoro de la nación. Repelía instantáneamente a los militares corruptos y a los ministros ladrones, despreciaba la ignorancia de quienes ejercían el poder y elogiaba a aquellos que como Luis Beltrán Prieto, habiendo nacido en un hogar humilde, llegaron a ser maestros de la democracia y puntal de la pedagogía.

A treinta años de su muerte, Miguel Otero Silva descansa en paz gracias a que no llegó a ver y vivir la Venezuela de hoy, dominada por el cretinismo, la avaricia, el saqueo incesante de nuestras riquezas por potencias extranjeras, la pérdida de nuestra soberanía y el apogeo del hampa y el narcotráfico.

Hubiera sufrido mucho y luchado denodadamente para que El Nacional, su mayor contribución destinada a sembrar y proteger la  democracia y sus valores, se mantuviera firme, como de hecho lo está, ante esta montonera cívico militar que actúa contra los venezolanos como si fuera un ejército de ocupación.