• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Mentir a juro

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La denuncia fue hecha por un organismo que goza de general credibilidad, en atención a sus esfuerzos por la protección de los derechos humanos en general, y por sus esfuerzos en la defensa de los presos durante los últimos meses: el Foro Penal Venezolano. Sus representantes en San Cristóbal informaron a la comunidad de un hecho insólito: antes de salir de la cárcel, las autoridades del cuartel, o del establecimiento de reclusión que corresponda, obligan a los detenidos a la suscripción de un documento mediante el cual aseguran que no sufrieron maltratos durante el lapso de su reclusión. El suceso fue destacado hace poco en nuestra mancheta, pero amerita un comentario extenso.

Cualquiera puede sospechar que se trata de un trámite mediante el cual se oculta la verdad, si parte de la observación de lo que sucede antes de que los desafortunados que después firman el documento ingresan en las prisiones. Todo el mundo ha observado y observa los vejámenes a los que son sometidos en la vía pública, en presencia de los periodistas y de la sociedad en general. Todo el mundo es o ha sido testigo de los golpes y los insultos que forman el prefacio del encierro en las jaulas rojas-rojitas.

Por consiguiente, se presume que les irá peor cuando estén a solas con sus captores, sin la curiosidad del prójimo, sin la vigilancia de la colectividad. Sin embargo, ¡vaya milagro!, salen jurando que no los tocaron ni con el pétalo de una rosa y así lo acreditan con su firma.

¿Puede ser posible semejante portento? ¿Los esbirros de la víspera se convirtieron en amables servidores de sus huéspedes? ¿Las lacrimógenas, las peinillas y las patadas fueron cambiadas por la mano de seda? ¿Los soles incandescentes se transformaron en cinco estrellas de felicidad? Los papeles que firman los excarcelados dan cuenta de la impresionante metamorfosis. Fueron tratados como en hotel de lujo, se puede desprender de lo que garantizan a la hora de volver a sus hogares. No fueron invitados con amabilidad a sufrir los rigores de una ergástula, pero en lugar de inhóspitos rincones toparon con un ambiente de lo más confortable. Solo faltó que, aparte de asegurar que no fueron sometidos a ningún rigor, les agradecieran a los guardias por la temporada de solaz que pudieron disfrutar mientras estuvieron en su gentil compañía.

Como la atmósfera de los últimos meses se ha caracterizado por la agresividad de las fuerzas represoras, por la barbarie de la GNB y de otros organismos de seguridad, llevada a cabo sin ningún tipo de freno, sin que se hayan tomado la molestia de disimular los atropellos más descarados e inciviles, no resulta creíble el fenómeno de respetuosa convivencia que, según las cartas de marras, reina en el interior de las prisiones. Estamos, por lo tanto, frente a un nuevo tipo de coacción que se agrega a las conocidas, frente a una nueva afrenta que multiplica las anteriores, frente a una nueva desvergüenza en la que quieren asociar a los perseguidos y a los torturados.

“Luego de que los muchachos han sido golpeados, agredidos o víctimas de una detención arbitraria, los hacen firmar estas constancias sin la presencia de sus abogados y bajo coacción”, denuncia la vocero del Foro Penal Táchira, Raquel Sánchez. Lo cual quiere decir que el gobierno primero tortura y veja a sus prisioneros y ahora los obliga a mentir.

Pero también que considera que los venezolanos somos idiotas. Ahora pretenden que creamos que, como por arte de magia, cuando llegan a sus oscuras cavernas los esbirros se convierten en hermanitas de la caridad. A lo mejor se están preparando para las investigaciones de una Comisión de la Verdad que encontrará infinitos escollos en el logro de su cometido.