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EDITORIAL

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Memoria de Tito Salas

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En algunas fuentes se afirma que nació en 1887. En otras, que fue en 1888. Su padre, José Antonio Salas, fue fotógrafo y pintor. Cuando Tito Salas ingresó a la Academia de Bellas Artes de Caracas tenía 10 años de edad. Allí compartió con Armando Reverón, Manuel Cabré y Federico Brandt, entre muchos otros artistas, nombres ineludibles en las historia de las artes visuales de Venezuela. 

Tito Salas tuvo una vida larga y provechosa hasta su muerte en 1974. Difícilmente podrían resumirse en este espacio sus enormes aportes a la cultura visual venezolana. Tan temprano como en los años 1901 y 1902, su talento fue reconocido durante dos años consecutivos con el Premio de Pintura de la Academia de Bellas Artes. En 1905 va a París para profundizar su formación. Viaja por varios países de Europa, donde su mirada se enriquece ante la visión de pintores como Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla y otros. Cuando regresa de Italia en 1911, trae consigo el Tríptico de Bolívar.

Sus cuadros, algunos de ellos imponentes, forman parte del imaginario público venezolano. Su Bolívar ecuestre no sólo impresiona a los visitantes del Palacio de Miraflores sino que se trata de una imagen que la mayoría de los venezolanos llevamos con nosotros, aun cuando no sepamos que es una obra de Tito Salas, cuyo nombre verdadero era Británico Antonio Salas.

Su representación de El terremoto de Caracas de 1812 es indisociable del episodio en el que Bolívar habría pronunciado aquella frase prometeica: “Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Otro imponente cuadro suyo, La batalla de Araure, quizás sintetiza como ninguna otra la imagen heroica de Bolívar, arriba de un portentoso caballo blanco en el centro de la composición, mientras a su alrededor se observa la diversa elocuencia del combate. Estos pocos ejemplos parecen suficientes para fundamentar esta afirmación: Tito Salas ocupa un lugar esencial en la cultura visual venezolana, entre otras razones porque mucho del imaginario visual de Bolívar se debe a su obra. Arturo Uslar Pietri escribió una frase que resume la vocación de la obra de Salas: “Ha pintado para enseñar la historia, exaltar los grandes hombres venezolanos, contar el heroísmo, apuntar la honda belleza de los seres y las cosas que nos rodean”.

Desde 1931 y hasta su muerte, Tito Salas vivió en la edificación colonial de Petare, que él bautizó como Hacienda El Toboso, en homenaje a Cervantes y a Don Quijote. En 1993, la casa fue adquirida por el Consejo Nacional de la Cultura. Desde entonces, lenta e inexorablemente, el que fuera un lugar de extraordinaria belleza avanza hacia su ruina definitiva. Entregada a la indolencia y al deterioro, la casa ha tenido otros usos: por ejemplo, en 2008 sirvió para que el candidato Jesse Chacón –derrotado en las elecciones– diera unas declaraciones que han resultado en pura demagogia. También la casa, esencial en el respeto que debemos a la memoria de Tito Salas, ha demostrado para qué sirve el palabrerío de Farruco Sesto: para nada. Para absolutamente nada.