• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Marxismo chino

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Para ejercer el periodismo en China no basta con haberse licenciado para tal fin; este es, apenas, un requisito para solicitar la “tarjeta de prensa” gubernamental que autoriza a los comunicadores a actuar como “correas de transmisión entre el poder y la ciudadanía”. Esta licencia para difundir lo que el gobierno cree conveniente puede ser revocada a capricho y debe ser renovada de forma quinquenal.

A estas disposiciones que regulan el oficio se suma la exigencia de asistir a un cursillo de tres meses de duración impartido por la Administración General del Estado para Prensa, Radio, Cine y Televisión y que los obliga a estudiar materias como “socialismo con características chinas”, “perspectiva marxista del periodismo” o “prevención de rumores”.

Para que los periodistas no se equivoquen, se ha elaborado un manual de 700 páginas (tan largo y fastidioso como el libro de Ramonet sobre Fidel) que establece, entre otras advertencias, la prohibición de publicar comentarios adversos al Partido Comunista porque “la relación entre el partido y la prensa debe ser la que corresponde a la de un líder y sus súbditos”, como si el partido fuera la reina Isabel II pero con traje Mao.

Una vez asimilados estos “conocimientos”, se deberá presentar un examen de cuya aprobación dependerá el destino de 250.000 profesionales que integrarán la primera promoción de periodistas entrenados para reportar la verdad oficial.

Esto nos trae a la memoria una reseña de la revista mexicana Proceso, a propósito de las amenazas que gravitan sobre Wang Keqin (considerado en China como un ícono de la libertad de expresión por sus reportajes que han revelado escandalosos­ casos de corrupción), en la que puede leerse que “el periodismo chino es una contradicción. Las facultades universitarias enseñan que el buen periodista no pregunta, y del gremio no se espera más que publicite al poder y que en las conferencias de prensa recoja el hong bao: el sobre rojo con el dinero del soborno”.

Podría inferirse que ese modo de relación entre el gobierno y la prensa es el que inspiró la hegemonía comunicacional defendida aquí por el régimen chavista. Y ello explica también el desprecio con que fue tratado, por Maduro, el brutal cierre de la agencia de noticias Xinhua aquí en Caracas y el miserable e ilegal despido de todo su personal.

Este acto arbitrario y antisindical apenas provocó que el Ministerio del Trabajo “castigara” con una simbólica multa –un saludo a la bandera sin valor moral– a la agencia de prensa de un país “comunista” donde impera el más salvaje de los capitalismos.

Hoy en las escuelas venezolanas se pretende enseñar “chavismo”. Una descabellada aventura pedagógica que no dista mucho del intento de ideologización del periodismo chino y que, ojalá, podamos abortar a tiempo, antes de que esa ola homogeneizadora tiña de mentiras rojas todas las áreas del quehacer nacional.