• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Mar de errores

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Rasgo característico de la revolución bolivariana es su inclinación a la ruptura violenta de la actividad social y económica, motivada más por el deseo de presentarse como una opción distinta a la que le antecedió que por la necesidad de impulsar una real transformación política, económica y social del país.

La revolución ha sido apenas semántica y el proceso se ha basado en pura y dura destrucción, de modo que, con pomposos nombres y pretensiosas declaraciones de principio, se liquidan planes por el solo hecho de no haber sido formulados por la dirigencia revolucionaria, o se desmantelan instituciones para proponer iniciativas esencialmente retrógradas.

Esto se ilustra a la perfección con lo acontecido con los regímenes de Zona Franca y Puerto Libre con los cuales se buscó en el pasado estimular el desarrollo tanto de Margarita, como de Paraguaná y Santa Elena de Uairén.

En el caso de Margarita, cuya ubicación y recursos la potenciaban como un privilegiado destino turístico en un mar Caribe repleto de atractivas ofertas para el viajero, los beneficios socioeconómicos derivados de su condición de Zona Franca, primero, y Puerto Libre, después, pueden constatarse en la evolución urbana, demográfica y comercial de la isla, que ahora naufragó con la llegada del chavismo, pues éste pregona dogmas que convierten al turismo en una actividad sospechosa.

Se trata de un infantilismo de izquierda que asume el turismo nacional e internacional como “una actividad cosmopolita y decadente” propia de la corrupción capitalista y de la degeneración burguesa.

Tan pueril extremismo condujo al mismísimo comandante a expropiar instalaciones concebidas para impulsar la renovación inmobiliaria y portuaria de Porlamar y destinarlas a usos que han envilecido su casco urbano, mediante la inevitable “ranchificación” a consecuencia de la ignorancia oficialista y, sobre todo, del irrespeto hacia la ciudad y su gente.

La noción que del turismo tiene la burocracia rojita la lleva a tratar de atiborrar de gente los núcleos isleños de esparcimiento, sin tener en cuenta que el hacinamiento y la indisciplina generan roces insalvables con los usuarios y los vecinos.

Los funcionarios rojitos no terminan de entender que, en el siglo presente, es risible auspiciar comunas prehistóricas para hacer funcionar algo tan moderno como el turismo. Por eso, no comprenden cómo, en su muy revolucionaria y querida Cuba, se le dio carta blanca a los inversionistas españoles para que construyeran complejos al estilo de la Riviera mediterránea, que nada tienen que ver con los viejos balnearios soviéticos.

Tampoco entienden por qué en su muy admirada China subsisten territorios como Hong Kong y Macao cuyos estatus hacen de ellos polos de irresistible atracción para el turista. Creyéndose dueños de la verdad, los rojitos siguen arando en un mar de errores.