• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Manual de Carreño

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El 14 de marzo de 1855 y tal vez previendo lo que se le venía encima con el retorno del general José Tadeo Monagas, el Congreso Nacional acordó una recomendación especial del Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos, una obra escrita en 1853 por el músico, pedagogo y diplomático Manuel Antonio Carreño, padre de la notable pianista Teresa Carreño, y que alcanzó gran notoriedad y difusión.

Ese acuerdo habla mucho del talante de los congresistas de entonces que, por no doblegarse ante Monagas, ya habían sido víctimas de la cólera de quien inmortalizó la frase: “La constitución sirve para todo” y que hoy es la estrella de Belén del trío que se reparte la torta gubernamental. Y también, por analogía, es elocuente respecto a la actuación de los diputados de la bancada roja que en estos días han exhibido su anemia moral y sus escasas luces.

Incapacitados intelectualmente para articular un discurso convincente, sin evidencia alguna de daño al patrimonio público, pues las pruebas aportadas por Cabello para apuntalar sus denuncias solo dejan en claro que un ciudadano entregó dinero a otro en un momento en el cual ninguno desempeñaba cargos oficiales, montan un tinglado que deja al descubierto la perversidad de su proceder y demuestra que la abusiva arbitrariedad de Diosdado corrompe, precisamente, el debate sobre la corrupción.

Transformada la Asamblea en un lodazal donde campean la agresión, la amenaza y el insulto por parte de quienes deberían canalizar una discusión de utilidad pública y no un reto permanente basado en lo vulgar, han salido a flote las verdaderas motivaciones e intenciones cocidas en esa olla podrida que buscan montarle a Primero Justicia.

La vendetta no es realmente contra los diputados justicieros: busca inmovilizar a Henrique Capriles ante una posible elección presidencial. Cabello y Jaua fueron derrotados por Capriles y ellos saben que, a pesar de los ingentes recursos que la quebrada Pdvsa pondría a su disposición, no tienen el poder de convocatoria de otros tiempos.

Perfectamente conscientes de sus escasas dotes, compran o intentan comprar adhesiones con la vista puesta en una aberrante habilitación que les permita darle largas a unos comicios que se les presentan difíciles, postergando el mandato ilegal que iniciaron con el desconocimiento de la Constitución.

Con sumar por aquí o por allá otro siniestro saltador de talanquera al dúo Ojeda y Núñez, podrían ensayar esa peligrosa vía. Si ya han hecho de la Asamblea una pocilga donde impera la bajeza y se premia la deslealtad, un chiquero en el cual se mueve como pez en el agua cualquier diputado rojo rojito o un capitán retirado que deshonra el lenguaje cada vez que perpetra una declaración en nombre de su partido, cualquier cosa es posible. Un capitán ante el cual su tocayo, Manuel Antonio, habría exclamado: ¡Qué falta de sindéresis!