• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Mañana y tarde

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El 8 de marzo en la mañana asistieron a los actos funerarios de Estado en honor al presidente Hugo Chávez Frías 38 presidentes provenientes de los más diversos países. En la tarde, a la toma de posesión de Nicolás Maduro como presidente encargado de la República asistió sólo uno. El contraste es notable, particularmente si se toma en cuenta que los mandatarios extranjeros se encontraban en el país en algunos casos después de largos viajes. El posible significado de estos hechos es que mientras Chávez había logrado una cierta legitimidad en el ámbito mundial, últimamente a través de las elecciones presidenciales del pasado 7 de octubre, Nicolás Maduro todavía debe ganársela, tanto política como jurídicamente.

Políticamente, porque se trata de un funcionario que no ha sido elegido por el pueblo. La peculiar disposición de la Constitución de 1999, según la cual el vicepresidente de la República es un funcionario de libre nombramiento y remoción del presidente electo, obliga a que cuando, como ha sido el caso, dicho funcionario se encargue de la Presidencia deba hacerse acreedor, por sus dichos y hechos, del respeto popular, de todos los sectores del país y de la comunidad internacional. Más aún si, como también es el caso, aspira a participar como candidato en las próximas elecciones presidenciales pautadas por la Constitución nacional.

Jurídicamente, porque las apresuradas sentencias interpretativas de la Sala Constitucional del cuestionado y sumiso Tribunal Supremo de Justicia sobre la sucesión presidencial han creado más dudas que certezas.

Desde este punto de vista pueden entenderse los llamados a la paz y el perdón que, con magnanimidad papal, extendió Maduro a quienes, según él, injuriaron y vilipendiaron al mandatario fallecido, desde que hizo su aparición en la escena política, mediante un fracasado golpe de Estado militar, hasta el día de su muerte. Junto con tales llamados a la concordia han surgido, particularmente desde las filas del PSUV, amenazas e injurias contra los venezolanos que, por una u otra razón, no comparten la aspiración de ese partido de mantenerse a perpetuidad en el poder.

Los principales instrumentos del partido de gobierno para lograr la hegemonía han sido el ventajismo electoral, la utilización discrecional de los recursos de la nación para favorecer a sus actuales o potenciales seguidores y las turbas tumultuarias, que acosan a quienes muestren desacuerdo con los dictados del líder. Como el guía ha desaparecido, aunque muchos lo lleven en su corazón, se precisa ahora de dirigentes que interpreten las nuevas realidades y despejen el camino hacia una democracia efectiva, política, social y jurídicamente respetable. Que el presidente encargado sea simultáneamente candidato presidencial de un partido agresivo no es un buen primer paso en esa dirección. Quizás por eso la asistencia de jefes de Estado en la tarde del 8 de octubre fue menguada.