• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Malestar urbano

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En su afán de controlarlo todo, con la vana creencia de que así podía implantar un modelo de organización social desechado por la historia, Hugo Chávez se topó con la intransigencia de una Caracas que prefirió un gobierno ajeno a sus extravagantes propósitos y eligió, por holgada mayoría, a Antonio Ledezma como su alcalde mayor.

No le gustó al comandante la elección ciudadana y procedió –a contramano de disposiciones constitucionales– a desconocer las atribuciones del recién electo intendente, y creó una autoridad paralela, con presupuesto y poderes extraordinarios, que no ha lavado ni prestado la batea, pero sí contribuido (y mucho) a potenciar el malestar urbano que padecen los habitantes de lo que una vez fue apacible villa de suaves prados y señorial Ávila, y hoy es antesala del infierno.

El carácter infernal de la ciudad salió a relucir con motivo de su cumpleaños número 448, y dio pábulo a este periódico para profundizar en las calamidades que la aquejan, explorar sus orígenes y prefigurar salidas distintas a la acumulación de obras improvisadas por la perspectiva de un guiso en el firmamento de la corrupción –remiendos, maquillaje y paños calientes– con que la incompetencia oficial la continúa ultrajando.

Pareciera que hay la manifiesta intención de ensañarse contra la ciudad que, de acuerdo con la letra del Himno Nacional, sentó pauta en la lucha libertaria contra la Corona; fiel a tal designio, el cabildo chavista del municipio Libertador festejó, más que el aniversario de Caracas, la reclusión del alcalde metropolitano, mientras que quien preside la República (como quien canta la “Flor de la Canela”), derramaba lisuras contra senadores españoles que dispensaron una cortés visita a quien consideran figura relevante de la resistencia. Y lo es; no sólo porque enfrenta corajudamente el atropello rojito, sino por su empeño de aportar, con los exiguos recursos de que dispone, soluciones para una mejor calidad de vida. Que para eso debería ser los alcaldes.

En esa línea trabajan los alcaldes de Chacao, Sucre, Baruta y El Hatillo que se arropan hasta donde les llega la cobija. Hoy, cuando se necesita concurrencia de voluntades, Jorge Rodríguez y la gerencia impuesta en el Distrito Capital se encargan de poner trabas y peros a cualquier iniciativa porque desconocen el papel de coordinador intermunicipal que debe desempeñar Ledezma, y porque la idea no proviene de ellos.

Ni Jacqueline Faría (cuyo debut a nado en el Guaire estamos esperando), ni el policía Ernesto Villegas han podido justificar sus funciones, a no ser que éstas hayan sino predefinidas para boicotear la gestión de los alcaldes de oposición con la pueril convicción de que los desbarajustes que angustian a la población, los déficit en los servicios públicos y la inseguridad que les amenaza serán achacadas a esos funcionarios y, por tanto, el votante les dará la espalda.

Una esperanza sin fundamento porque en Caracas hace mucho tiempo que a los perros dejaron de amarrarlos con longaniza.