• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Malandros en la vía

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La violencia en grupo contra una persona desarmada es una demostración de cobardía tanto aquí como en Cuba. Pero en nuestro país es aún más repudiable porque nunca hemos sido así, al punto de que en las familias decentes se castigaba severamente este tipo de conducta que en ningún momento se consideraba muestra de hombría sino de miedo y pavor ante el adversario.

En esos tiempos en que el machismo dominaba en la sociedad venezolana y generaba un “código de honor” muy particular, este tipo de comportamiento que se caracterizaba por reunirse para atacar a alguien en solitario y propinarle una paliza era considerado propio de vagos y maleantes, que en algunos casos recibían una paga en metálico por su “valerosa hazaña” de golpear criminalmente a otro ser humano incapaz de defenderse ante una pandilla que le superaba en el número de atacantes.

Pero en estos tiempos de maleantes convertidos en gobernantes por obra y gracia de una revolución inepta y hambreadora del pueblo, el actuar en gavilla contra la disidencia se convirtió en una muestra de valentía y de fe revolucionaria, vaya usted a saber por qué ya que si alguien se toma la molestia de revisar la trayectoria de Simón Bolívar, un hombre pequeño y nada musculoso, jamás encontrará un episodio en que este héroe, valiente y decidido, haya apelado a un grupo de maleantes para que golpearan a mansalva a uno de sus enemigos que, por cierto, los tenía a montones.

Bolívar no necesitaba de un grupito de malandros a su lado para defenderse en un combate personal porque tenía principios muy firmes y le sobraba nobleza para actuar como un vulgar maleante. Además, era especialmente hábil en el uso de la espada y con ella puso en fuga a sus atacantes que, como sucios malhechores al fin y al cabo, lo emboscaban reunidos en pandilla.

Los bolivarianos de hoy no conocen ni practican el coraje personal sino el ataque en montonera y luego la huida cobarde hacia sus terrenos protegidos por la fuerza pública. Solos no valen nada y se achican cuando alguien con coraje se les enfrenta a pesar de estar en condiciones de desigualdad. Por ejemplo, cuando Bolívar se reunió con el jefe español Morillo para reglamentar la guerra no se hizo acompañar por un colectivo armado hasta los dientes como ocurre hoy cada vez que sale un rollizo jefe rojito a la calle, precedido de camionetas blindadas.

Al contrario, humilló a Morillo al llegar a la cita sin portar arma alguna y acompañado de un reducidísimo número de edecanes. A Morillo no le quedó otra que retirar su amplia guardia personal. A Simón Bolívar le bastaba con su solitaria presencia para infundir respeto, y la monarquía española jamás se atrevió a mandarlo a callar ni en privado y mucho menos en público. Qué diferencia con los bolivarianos actuales que hasta Uribe le gritó en la cara a su jefe galáctico ¡Sea varón, no huya!

Pronto se acercará el día en que nadie, por muy importante que sea, necesitará de colectivos, policías o guardias nacionales para transitar por las calles.