• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Magnicidio increíble

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Para ocultar su fragilidad, los poderes tratan de presentarse como acosados por fuerzas tenebrosas que buscan su desaparición. Si cuentan con apoyos masivos y se sienten tranquilos en el trono no tienen necesidad de inventarse peligros, de buscarse rivales malignos que los quieren sacar del juego. Cuando no existe la posibilidad de una desestabilización, se cuidan de pintar paisajes con nubarrones. No les hacen falta porque hacen su ruta en medio del sosiego, cumpliendo sus promesas y atendiendo con cabeza fría los requerimientos de la sociedad.

El caso es distinto cuando los poderes son débiles y carecen de verdadero sustento. Necesitan conmiseración, suplican comprensión o, en no pocos casos, la justificación de medidas provocadas por su propia debilidad. No pueden mostrar los colmillos únicamente para que sepamos que los tienen y que son afilados, ni porque amanecieron con ganas de asustar a los gobernados. Les hace falta un pretexto, por artificial que aparezca ante la opinión pública. Les hace falta la cercanía de un demonio tenebroso ante cuya presencia pueden justificar la existencia del mal gobierno y la puesta en marcha de medidas punitivas.

Los problemas no se deben al gobierno sino a los energúmenos que no lo dejan gobernar, especialmente si esos energúmenos están armados hasta los dientes, tienen amigos poderosos en el extranjero -enemigos imperiales, por supuesto- y vienen a cargarse al jefe del Estado. Eso es lo que han dicho desde que el mundo es mundo, y es justamente lo que ahora pregona el gobierno bolivariano de Venezuela.

Pero generalmente ese tipo de inventos se piensa bien, sin apresuramientos, sin exceso de velocidad para que el tren de la patraña no descarrile, cuidando los detalles en la sala situacional. Es imprescindible que la gente los crea y apoye a la víctima que corre el riesgo de la inmolación.

Si la historia se parece a otras anteriores que no pasaron del anuncio, que se quedaron en el simple amago sin rasguñar siquiera al objetivo de su malquerencia, sin la existencia del escalofriante francotirador en espera de la magna diana que quedará ensangrentada en la vía pública, esa historia se pierde en el limbo. Especialmente si el verdugo no es creíble.

Si el verdugo tiene 86 años de edad y anda en silla de ruedas, no es capaz de meterle miedo a nadie. Puede tratarse de un truhán con antecedentes, del titular de un extenso prontuario sin atenuantes que sólo merece reproches, pero sucede, para infortunio de sus inventores, que carga con el peso de un almanaque largo, con el bolsillo vacío y con una soledad que nadie se anima a perturbar para evitarse problemas con la reputación. Así nos quedamos con un magnicidio bobalicón que no convence a nadie. Un gobierno fuerte no cae en invenciones tan simplonas. Solos los de Cuba y Venezuela se acuerdan de Posada Carriles: neocolonialismo policial.