• Caracas (Venezuela)

Editorial

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Ahora resulta que Lula se siente indignado porque la policía allanó su casa y luego lo llevó a declarar en la comisaría. ¿Cuál es la molestia, cuál es la rabia, a qué se debe su indignación? Parece que el ex presidente de Brasil se siente un privilegiado que está por encima de las leyes y que nadie puede interrogarlo sobre cuestiones de vital importancia para la opinión pública.

Desde hace tiempo y de manera pública se le viene señalando como sospechoso de haber llevado a cabo negocios no muy claros que digamos y que, en beneficio de su propia reputación, deben ser aclarados tanto por las autoridades policiales como por las instancias institucionales que la misma constitución de Brasil indica muy claramente.

No es la primera vez (y Lula lo sabe) que en Brasil ocurren estos procesos que implican a presidentes en ejercicio o a ex mandatarios, a senadores y diputados. Muchos peces gordos han caído en las redes de la justicia brasileña y no han estallado en llanto ni alimentado las aguas del río Amazonas con sus interminables lágrimas. Como le dijo Álvaro Uribe a Hugo Chávez cuando este huyó de un debate: ¡Dé la cara, sea varón!

Pues lo mismo habrá que recomendarle a Lula porque en todas partes se sabía de sus triquiñuelas en los negocios nacionales e internacionales de Brasil. Esgrimiendo la excusa de que buscaba contratos para las industrias brasileñas y para la exportación de los productos agropecuarios de su país, hizo de su gestión no la de un presidente civil sino la de un vendedor de primera línea que negociaba con otros mandatarios populistas.

Y lo peor es que en estos negocios siempre salían perdiendo sus aliados bolivianos, venezolanos, uruguayos o argentinos porque nunca los trató como verdaderos amigos sino como clientes. De allí su sonrisa de satisfacción y su cada vez más rolliza persona parecida a las del señor “Yo vendí al contado”. Eso que dicen los gringos “ganar-ganar” no era con él.

Aquí en Caracas llegaba su equipo de vendedores presidido por su hombre de confianza en el gabinete y, de la manera más despótica, creaban una misión diplomática aparte contraviniendo todas las reglas que Itamaraty, la cancillería brasileña, había establecido para sus embajadores y que por su propia trayectoria y respetabilidad la habían convertido en un ejemplo excepcional para los demás países latinoamericanos. Todo eso se vino abajo y habrá que reconstruirlo porque Brasil necesita recobrar ese prestigio.

Por más que hable y desafíe a los órganos de justicia, lo cierto es que Lula no tiene perdón. Engañó a su pueblo fingiéndose un hombre sencillo y honesto, muy diferente a sus antecesores. Poco le duró ese disfraz y escasamente útil le fue la máscara de obrero.

Las agencias internacionales trasmitieron las palabras de los fiscales que detallaron sus principales sospechas. “Lula, además de líder partidario, era el responsable final de la decisión de quiénes serían los directores de Petrobrás y fue uno de los principales beneficiarios de los delitos”.