• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Luchador sin odio

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Nunca la memoria histórica debe desobedecer el llamado permanente a recordar al gran luchador, visionario y estadista, Nelson Mandela. Fue un hombre que, como él mismo lo expresó, nunca se sintió como un Mesías para su pueblo sino un hombre común que llegó a ser un líder por las circunstancias extraordinarias que le tocó vivir.
Su desaparición no sólo es una tragedia para su nación, Suráfrica, sino para el resto de la humanidad que hoy lucha por mantener y resguardar los principios fundamentales de la democracia ante los embates de los bárbaros dictadores africanos, del autoritarismo mafioso ruso y del neoimperialismo chino del partido único, de los falsos revolucionarios latinoamericanos y de sus regímenes corruptos y manipuladores.
De Nelson Mandela no solo es trascendente recordar lo que hizo y logró durante su apasionante vida sino las lecciones de honradez, sinceridad y convivencia que deja al mundo. Su actuación como líder y gobernante resplandece ante la miserable actuación de los presidentes que usaron y hoy usan la fuerza para sembrar el odio entre hermanos, discriminar a sus propios conciudadanos o dividir a la sociedad para mantenerse en el poder. Desde que asumió la jefatura del Estado prometió que no gobernaría más de un mandato y así fue.
Siempre le recordó a su pueblo y al mundo que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, sus ideas o su religión. Las personas, decía, aprenden a odiar pero también deben aprender a amar. Mandela fue un ser humano excepcional porque desterró de sí mismo el odio y así se lo enseñó a sus compatriotas.
En los tiempos tan difíciles que vive Venezuela su legado debería servir para reflexionar sobre lo importante que es en la práctica política luchar por unos ideales sin necesidad de discriminar, sin humillar, sin violentar a los otros seres humanos que también forman parte de esta nación.
Mandela guió a millones de sus compatriotas con sinceridad, constancia y nobleza, mientras luchaba a diario contra el apartheid. Nunca fue un embustero, o apeló a la mentira como recurso político, no regaló los recursos de su país a otras naciones ni cedió la soberanía de Suráfrica a nadie.  
Centró su lucha contra la segregación racial y la violencia contra los negros y la gente de color. Decía que la pasión era el combustible de la vida. Con paciencia, sabiduría y sacrificio lideró un movimiento destinado a reunir una nación desunida. Mandela fue un prisionero político por 27 años. A pesar de sus sufrimientos y las limitaciones de la cárcel su pasión porque se exterminara el apartheid le dio fuerza y vida.
Cuatro años después de salir de la cárcel, en Rubben Island, ahora convertida en un símbolo contra la discriminación, se convierte en el primer presidente electo democráticamente en Suráfrica. Hoy lo lloran los blancos y los negros. Es mucho lo que tienen que aprender los gobernantes de Venezuela sobre su legado.