• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Lucha simulada

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Lo que en principio iba a ser un acto de rechazo a la iniquidad oficialista en la cuestión Mardo se convirtió en una manifestación de rechazo a las políticas oficialistas, especialmente a las que atañen a la calidad de vida del ciudadano común y corriente.

Previendo ese viraje, Maduro y sus asesores convocaron a respaldar lo que algunos han calificado como una “simulación de la lucha contra la corrupción” que, en la práctica y en ventajista cadena nacional, devino en insultos contra la oposición poniendo en tela de juicio los propósitos que fundamentaron la caminata roja.

Quedó claro que el combate contra la podredumbre endémica que aqueja al régimen bolivariano es una cortina de humo para ocultar el fracaso de una gestión calificada como mala e inestable por la mayoría de los venezolanos, de acuerdo con las encuestas de Datanálisis, Consultores 21 e IVAD.

La teatral gravedad del Presidente sobre el cual recaen sospechas de ilegitimidad que el TSJ no ha querido aclarar, se corresponde con un partido, el PSUV, cuyas consignas se han vaciado de significación para dar paso a la injuria, el agravio y la ofensa como principales componentes de su retórica, poniendo al descubierto las costuras de una administración presa de su propia cacería, pues la fuente primordial de la corrupción debe buscarse en la degradación de la función pública inherente al chavismo y hoy al madurismo.

Cuando Nicolás y sus acólitos se declaran incorruptibles, recordamos esta afirmación de George Sand: “Nada se parece más a un hombre honesto que un pícaro que conoce su oficio”. Son pícaros de oficio quienes taimadamente sometieron al país al engaño durante la agonía de Chávez. Recuérdense los informes de Diosdado, Arreaza y el propio Maduro que daban cuenta de largos encuentros y conversaciones con quien, ahora se sabe, no era más que un paciente mantenido artificialmente vivo.

En la concentración de la unidad, Henrique Capriles se refirió a lo que ya ha comenzado a sopesarse como una fórmula constitucionalmente
válida para poner término a la inestabilidad: la convocatoria a una asamblea constituyente. A regañadientes, el sucesor aceptó como viable esa posibilidad; pero, con la ambigüedad que lo caracteriza, sostuvo que esa Constitución, la de 1999 -aprobada en una consulta a la que
acudió menos de la mitad de la población- jamás sería derogada y, en un arranque de soberbia, ordenó la impresión de 5 millones de ejemplares de esa “carta magna” hartamente violada por él y su antecesor.

Fueron dos aspectos de una adelantada campaña por las municipales en las cuales quienes tienen la sartén por el mango pretenden
embaucar al elector. Pero el ciudadano con su voto, su conciencia y sin tener que lanzar una moneda al aire, se encargará de reestablecer la convivencia nacional, pues sabe que -como reza el proverbio- hay que desconfiar de la mujer que se dice  virtuosa y del hombre que se proclama decente.