• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Locos en la AN?

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Un diputado oficialista, de apellido Amoroso, ha pedido examen psiquiátrico para dos diputados de oposición que interrumpieron con abucheos el discurso mediante el cual solicitaba Maduro el otorgamiento de una Ley Habilitante. Lo de los abucheos no amerita la atención de un especialista en chifladuras, pues tendrían que hacer cola los diputados ingleses en los consultorios del reino si consideramos su manera de interrumpir las alocuciones de los primeros ministros, aún cuando se tratara de la Dama de Hierro. Bullas y trompetillas contra la poderosa señora, sin que a nadie se le ocurriera proponer que los ruidosos fueran conducidos a un tratamiento de rehabilitación. Hábitos de la democracia, quizá poco amorosos para los detentadores de la autoridad, pero efectivos como expresión de los usos propios de un parlamento hecho y derecho.

Pero no le falta razón al proponente, si nos olvidamos de que pretende  coartar la libertad de expresión de quienes tienen la obligación de hablar en nombre de sus representados, o de interrumpir al que esté hablando. Hay muchos diputados aletargados, silenciosos y obsecuentes a quienes no vendría mal, si no un ciclo de visitas al terapeuta, alguna vacuna contra la indiferencia y contra la pereza. Pudiera bastar una cajita de píldoras que sirvieran para animarlos a impedir el autoritarismo del presidente de la Cámara, la conducta cuartelaría del soldado que pretende convertir en reclutas a quienes deben ser portavoces de la civilidad.

Los representantes del pueblo deben distinguirse por cualidades sobresalientes, por cierto, por atributos que los lleven a ejercer sus funciones como corresponde a la dignidad de quienes los han elegido. Por consiguiente, se puede aprovechar la sugerencia del diputado Amoroso para contratar profesores que los enseñen a expresar adecuadamente sus frases, a manejar las ideas según corresponde a las fórmulas de la deliberación, en caso de que traigan ideas en el equipaje; que los hagan duchos en el arte de la polémica y, ¿por qué no? que los introduzcan en el ámbito de las buenas maneras. La representación del pueblo no es cualquier cosa. La representación del pueblo se debe caracterizar por los respetos y las filigranas. Requiere conductas capaces de honrar el mandato que los electores han concedido, no en balde proviene de ellos la soberanía de los poderes públicos.

Una instrucción que no incumbe solamente a los diputados del oficialismo, sino también a los representantes de la oposición que, en no pocas ocasiones, cambian sus intervenciones por balbuceos o por la exhibición de unos carteles de consignas que no quedan mal en las protestas callejeras, pero que desentonan en la AN. De allí que no resulte inadecuada la terapia sugerida por el vocero oficialista, si se conduce por el cauce adecuado. Obras son amores, y no ausencia de razones.