• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Locademia roja

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La verdad es que la tesis de Leopoldo López de hacer de la calle escenario de la lucha popular sin que ello suponga, como reiteró ayer durante su breve discurso, recurrir a la violencia, ha puesto contra la pared al gobierno.
Los acontecimientos de ayer confirmaron a los venezolanos y al resto del mundo que son los grupos paramilitares del oficialismo los que salen a disparar contra los manifestantes desarmados, que atacan a los jóvenes con objetos contundentes y que destrozan los establecimientos comerciales para crear caos y confusión.
Con ello ha quedado demostrado que la rabia, el desenfreno y el vandalismo no son rasgos inherentes a la oposición democrática. Al contrario, la paz caracterizó la nutrida manifestación que acompañó al líder de Voluntad Popular cuando acudió a presentarse ante las autoridades para responder a las acusaciones que, sin evidencia alguna, lanzaron Nicolás Maduro y el capitán Cabello, presidente de la Asamblea Nacional.
Estos dos señores quedaron ante la opinión pública como grandes embusteros pues el intento de culpabilizar a Leopoldo López y sus seguidores de los desmanes causados por los paramilitares del oficialismo durante la anterior marcha del estudiantado el pasado 12 de febrero, ha sido desmontado por los medios de comunicación que, en un gesto de profesionalismo y valentía, mostraron con fotos y videos que agentes de los cuerpos de seguridad y miembros de los colectivos paramilitares dispararon, golpearon y mataron a jóvenes manifestantes.
Ahí están las fotos para la historia y quizás para los fiscales y jueces, de que esa matanza no fue algo fortuito sino una provocación montada con saña y antelación. En los videos se aprecia clara y detalladamente los rostros de los agentes apuntando y disparando no una sino varias veces. Se les notaba el brillo y la satisfacción en la mirada, como si fuera una hazaña y no una cobardía dispararle a una persona indefensa.
Del otro lado, tripulando motos de alta cilindrada y con la cara tapada por una capucha, pistola en mano, se veía a los colectivos paramilitares que el capitán Cabello quiere y adora tanto, atacando a los marchantes ante la mirada indiferente de la Policía Nacional Bolivariana que, como una suerte de árbitros, miraban las acciones de estos bravucones.
Ayer, en otro acto más de la cobardía oficialista, una tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana se llevó preso a Leopoldo López, el hombre que se ha convertido en una piedra en el zapato de Maduro. Luego lo cambiaron a un automóvil tripulado por el capitán patrullero Cabello y finalmente lo llevaron ante un tribunal.
No sabemos qué va a pasar con Leopoldo López, pero de lo que sí estamos seguros es de que el episodio de ayer sumó un gran tanto a su favor, mientras que Maduro continuó hundiéndose en el mar de los fracasos, porque ya ni sus propios seguidores pueden creer en quien no ha sabido gobernar y no quiere o no puede aprender hacerlo.