• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Ley inhabilitante

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Una amplia mayoría del país quiere que se apruebe lo más pronto posible en la Asamblea Nacional una “ley inhabilitante” que permita a los venezolanos frenar las locuras que hoy comete el equipo de Gobierno. No se trata de una broma más de las tantas que circulan por las redes sociales, sino de una propuesta seria que sacaría al país del camino de la destrucción que se observa por doquier.

Cuando Maduro pide poderes especiales para iniciar una batalla contra la corrupción, todos en Venezuela se preguntan si este señor está ciego o sordo y por ello no se da cuenta de que su entorno en el gobierno se mueve como pez en el agua cada vez que se presenta un negocio multimillonario, ya sea en el área de la construcción, o de la actividad financiera y bancaria pública, en la emisión de bonos y manejo de la deuda, o en ese pantano que es la industria petrolera cuyo hedor llega más allá de las fronteras de la patria.

¿Será que Maduro quiere recetarle un purgante a su propio gobierno para limpiarlo por dentro, o se trata de una “inocente” maniobra para asustar a quienes se les ha pasado la mano al meterla en el tesoro público? Que se sepa los venezolanos que no están vinculados al gobierno no figuran entre los nuevos ricos que se han forrado en los últimos quince años, y tampoco han enviado petrodólares al exterior ni importan alimentos en mal estado.

Hoy Maduro se ha encargado de lanzar al foso de los leones a los pequeños y medianos corruptos que, siendo allegados al PSUV o de alguien poderoso del tren ejecutivo, se han aprovechado de esos contactos para obtener dinero ilícitamente haciendo negocios con el Gobierno.
Pero todavía no aparecen los peces gordos: ninguno ha caído en las redes de la justicia bolivariana y aquellos (militares y civiles) que se han visto descubiertos han tomado las de Villadiego y hoy disfrutan en el exterior de su dinero mal habido.

Por cierto, ninguno de esos señores nuevos ricos era de la oposición sino de la plena confianza del gobierno revolucionario que los colmó de beneficios, atenciones y comodidades. Fueron funcionarios nombrados durante la gestión del fallecido y si algo hay que reconocerle a Maduro es que se ha ocupado de limpiar el terreno de las malas hierbas que sembró el gobierno anterior. Falta mucho terreno por limpiar, en especial en el campo militar, en las fábricas expropiadas, en la Siderúrgica del Orinoco, en Petróleos de Venezuela, en aduanas, puertos y aeropuertos.

Maduro quiere hacer también “reformas en materia económica y perseguir a los saboteadores de nuestra economía”. Suena raro que Maduro persiga a su propio equipo que consiguió en agosto pasado que la inflación anualizada llegara a 45,4%, una de las más altas del mundo.

Recordemos que Venezuela padece un déficit fiscal estimado en 15% del producto interno bruto y que las reservas internacionales se han enflaquecido a raíz de una caída de 24,6% en lo que va del año.