• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Lenguaje de odio
Palabrerío en el Poliedro

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Otro festival de palabrerío tuvo lugar en el Poliedro de Caracas el 17 de noviembre, durante el cierre del Congreso de la Clase Obrera, con la presencia del presidente Nicolás Maduro.

Lo primero que debe constituir un llamado de atención a la sociedad venezolana es el lenguaje empleado por los oradores que intervinieron. Una dama habló de “esa repugnante y asquerosa derecha venezolana”, sin aclarar a quién se refiere en tales términos. “Repugnante”, como se sabe, fue el calificativo que más utilizó Adolfo Hitler en los discursos en los que justificaba la aniquilación del pueblo judío. Y hay más.

Otro señor, a quien llaman el diputado obrero, gritó esta frase: “Vamos a aplastar al enemigo”. Hay que recordarle al diputado que aplastar significa “deformar una cosa por presión o golpe, aplanándola o disminuyendo su grueso o espesor”. Tampoco él explicó a quién o a quiénes les suministrarán semejante castigo, ni precisó qué personas o instituciones consumarán esa tarea. Un tercer caballero (es inusual que en un acto se reúnan tantos amantes del buen verbo, proclives al diálogo y a la paz, tantos promotores del respeto y la convivencia) habló de “apátridas, cobardes, traidores”, en el mismo discurso en el que elogió las enseñanzas del presidente de la Central de Trabajadores de Cuba.

Además de usar el idioma para incentivar el odio y caldear los ánimos del público presente en el Poliedro haciendo uso de las formas más burdas de la encarnación del enemigo, es decir, atizando la polarización, estos oradores mintieron a diestra y siniestra. Dijeron, por ejemplo: que hay empresas donde esconden las materias primas; que en el primer trimestre de 2015 el país tendrá 100% de productos en los anaqueles; que hay empresas multinacionales que les dicen unas cosas a los ministros, pero cuyas realidades son otras; repitieron la cantaleta de la guerra económica.

Huelga decir que ninguno asomó las razones del desabastecimiento ni de la caída de la producción en Venezuela. Nadie dijo que no hay dólares porque fueron dilapidados por Chávez y por Maduro, y que a las secuelas del despilfarro incalculable viene ahora a sumarse la caída de los precios del petróleo. No se habló del impacto de medidas como la inamovilidad laboral en los indicadores de productividad. No se detalló el destino sufrido por las empresas expropiadas ahora en manos del gobierno. En otras palabras, los tres oradores consideran que el público del Poliedro puede creer cualquier cosa que se le diga.

La pregunta que corresponde hacerse es cuál será el peso de este palabrerío en la política económica del gobierno para afrontar las realidades de 2015. En decenas y decenas de reuniones que altos funcionarios del gobierno mantienen casi a diario con representantes de las empresas de diversos sectores productivos el discurso es otro: ofrecen apoyo para resolver los problemas de trámites y permisos; se comprometen a resolver los nudos de la burocracia roja; reconocen que el problema de fondo es que no hay dólares para atender las demandas de la sociedad. En resumen: emiten un discurso distinto y opuesto al palabrerío del Poliedro. La cuestión es esta: ¿en manos de quién estarán las decisiones económicas en 2015?