• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Legitimidad efímera

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Las últimas semanas abundan en buen material para ir haciendo un balance del régimen que por casi tres lustros ha cimentado sus apoyos internos y externos, es decir, su legitimidad, en la seducción de la palabra polarizadora, en el reparto de recursos a discreción de una sola voluntad y en la fragilidad de los contrapesos democráticos de la sociedad. Así ha sido en Venezuela, así también en las relaciones con el mundo.

Se actuó sobre un mapa de amigos y enemigos arbitrariamente clasificados como bolivarianos, revolucionarios y neoliberales, imperialistas y antiimperialistas.

De acuerdo con la afinidad con gobiernos y organizaciones, se han entregado recursos económicos en forma de facilidades petroleras, préstamos y financiamiento de proyectos, cancelación de deudas, contratos para explotación petrolera, grandes compras, entre muchas otras fórmulas de poca o nula transparencia.

Así se alentó la Alianza Bolivariana y, a su lado, Petrocaribe, mientras paralelamente se tejían vínculos de semejante perfil con países del cono sur. Ahora, en tiempos de escasez nacional de divisas, a pocos días del anuncio de nuevos compromisos por 2.000 millones de dólares con Cuba, y ante la convocatoria a la segunda cita de Petrocaribe en Caracas en menos de cuatro meses, el ministro de Energía y Petróleo y presidente de Pdvsa ha dicho: “Lo que define al tipo de gobierno que tenemos es cómo se usa la renta petrolera”. Y así es, lamentablemente para el país.

Pero algo ha cambiado, y no sólo por la insuficiencia de divisas para la proyección interior y exterior de más de lo mismo. Es que ese más de lo mismo se muestra a los venezolanos y al mundo tan radicalizado como torpe y empobrecedor, ante la realidad propia y regional.

La negación del derecho de palabra a los diputados, la negación a cumplir el compromiso de hacer una verdadera auditoría de las elecciones presidenciales y la negación de la evidencia que demuestra la inexcusable y brutal agresión a parlamentarios opositores son prueba irrefutable del gran empeño gubernamental: negar la realidad de un régimen que perdió apoyos y credibilidad.

Es lamentable que en lo que va de siglo XXI se hayan debilitado tanto los acuerdos e iniciativas regionales de genuina cooperación y de protección de la democracia y los derechos humanos. Con todo, para los gobiernos que deben rendir cuentas a sus congresos y electores, ya no es tan fácil actuar como si creyeran todo lo que el Gobierno venezolano les dice, a pesar de las visibles pruebas en contrario.

De esta racha quedarán muchas lecciones, ojalá que aprendidas, respecto a los afanes mesiánicos, sordos y personalistas de refundar la democracia, que no hacen más que negarla. También dejará la estela de las mujeres y hombres que recuperaron el sentido de los procedimientos democráticos para recobrar la democracia.