• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Lágrimas por Venezuela

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Mientras en La Habana los gobernantes amantes del fidelismo rinden honores a quien en vida pasó de ser un desconocido revolucionario para terminar siendo un conocido y vulgar dictador, en Venezuela la vida marcha obstinadamente hacia un abismo profundo y peligroso. El país ha perdido el rumbo y las instituciones se aproximan a un caos nunca antes visto en nuestra historia, para desgracia de un pueblo que no parece encontrar su redención por ninguna parte.

Ayer los venezolanos sintieron que no es posible continuar por este camino infestado de asaltantes y de merodeadores sin que ocurra una tragedia económica, política o social de incalculables consecuencias. Si algo cierto se siente en el aire es la profunda indiferencia que muestran las instituciones ante este caos que parece devorarlo todo, al igual que la pasividad con la cual los representantes del gobierno miran pasar frente a ellos hechos en extremo preocupantes para cualquier país civilizado.

Esta semana nuestra moneda, el bolívar fuerte, que no es ni lo uno ni lo otro, ha sido pulverizado por los errores económicos cometidos por los encargados de manejar las finanzas que, ante el naufragio de nuestra moneda, ya no encuentran qué salvavidas lanzar al agua para darle una esperanza a los que se ahogan. La devaluación del bolívar nos recuerda el espantoso panorama de Argentina, Chile o Brasil en los años más oscuros de sus economías cuando las tremendas escaladas inflacionarias se producían día tras día, y los precios de los productos subían acompañando simultáneamente las horas de cada jornada.

En algunos de estos países los billetes de menor valor permanecían en el suelo de las calles porque no merecían siquiera el esfuerzo de agacharse a recogerlos. En la medida en que se desmoronaba el valor de la moneda, se desmoronaba también la sociedad, sus valores, sus instituciones, sus retos y sus esperanzas. El caos económico se llevaba todo por delante: el trabajo, la educación, la seguridad social, las medicinas, las inversiones y, lo peor, se llevaba lo poco que había para comer. Así está pasando hoy con nosotros, con nuestro país moribundo y corrompido por una camarilla que deberá ser juzgada por este imperdonable crimen social.

En medio de este desastre hacen su aparición las masacres de venezolanos humildes que son raptados a medianoche por integrantes de fuerzas militares, conducidos a lugares alejados y allí, sin mediar juicio alguno, se les da muerte. Todos creíamos que esas pesadillas eran parte del pasado pero no ha sido así, han vuelto esos espantos.

Ante estas tragedias mayores la Asamblea Nacional debería ocuparse no sólo de discutir la falta de papel moneda, sino enfrentar de manera inmediata la hipervertiginosa devaluación del mal denominado bolívar fuerte y de su impacto devastador en la irrefrenable inflación. Sin duda se trata de un problema urgentísimo. Si no se toma una decisión drástica ya, el colapso de la economía es inminente.

El gobierno debe asumir su responsabilidad y resolver el problema, o renunciar en pleno por su manifiesta incapacidad para poner orden en la economía. De seguir esta loca carrera, la gente sencillamente no podrá comprar comida y nada ni nadie podrá evitar un catastrófico estallido social.