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EDITORIAL

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Juan XXIII y Juan Pablo II, santos

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La canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II tiene una proyección que sobrepasa los límites de la Iglesia Católica. Prueba de ella es la incalculable audiencia que la ceremonia de canonización tuvo ayer en el mundo entero. El que la atención de miles de millones de personas se haya concentrado en los preparativos y en los actos que tuvieron lugar en el Vaticano, invita a pensar en los mensajes que propagaron estos dos sacerdotes. La popularidad de estos hombres seguramente habla de las necesidades espirituales del mundo de hoy.

Juan XXIII se llamaba Angelo Guiseppe Roncalli. Nació el 25 de noviembre de 1881 en Sottoil Monte, Bérgamo, al norte de Italia. Vivió bajo una temprana vocación religiosa. Tenía apenas 22 años, en 1904, cuando obtuvo el Doctorado en Teología. Ese mismo año, meses después, se ordenó como sacerdote. Durante la Primera Guerra Mundial, experimentó duras realidades como capellán militar. Entre 1925 y 1935 se dedicó al trabajo religioso en Bulgaria. A lo largo de la Segunda Guerra Mundial cumplió una significativa labor en la defensa de la vida de judíos y griegos. El 28 de octubre de 1958 fue elegido Papa, tras la muerte de Pío XII. Durante su papado, que se extendió hasta su fallecimiento en junio de 1963, Juan XXIII fue un sistemático promotor de la Paz. El hombre que había experimentado la violencia extrema de las dos guerras, dedicó el resto de su vida a promover la paz entre los hombres, y a ello está dedicado su Diario del alma, que recoge lo esencial de su pensamiento, y que ya puede leerse en varias lenguas, incluyendo el español.

La historia de Juan Pablo II, más próxima en el tiempo, es conocida mundialmente, al menos sus datos más destacados, desde su nacimiento en Wadowice, Cracovia, en Polonia. Desde que fuese elegido Papa, el 16 de octubre de 1978, su actividad cambió el rumbo de la Iglesia. Durante su largo papado, de casi 27 años, se dedicó a lo que se ha llamado el ‘Espíritu misionero’, que describe la voluntad de movilizar a la Iglesia, de llegar el mensaje a las comunidades y a los hombres, dondequiera que unas y otros se encuentren. Quizás uno de los factores más determinantes en la extraordinaria popularidad de Juan Pablo II se debe a que llevó a los hechos, lo que había proclamado con su palabra: realizó 104 viajes fuera de Italia; hizo 146 dentro de Italia; visitó 317 parroquias de Roma; recibió a más de 17 millones de peregrinos en 1166 audiencias realizadas los días miércoles; recibió a más de otras 8 millones de personas en audiencias especiales; tuvo más de un millar de contactos directas con autoridades de gobierno de decenas de países.

Los contactos que Juan Pablo II promovió con judíos y representantes de otras religiones han quedado inscritos en la historia de la humanidad, como momentos cumbres del diálogo conciliador y reconciliador. Entre las lecciones de Juan Pablo II, una de las más deslumbrantes es, sin lugar a dudas, las palabras en las que pidió perdón, no solo por la Inquisición sino por los errores cometidos por la Iglesia a lo largo del tiempo:“Confesamos con mayor motivo nuestras responsabilidades de cristianos por los males de hoy: frente al ateísmo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo ético, las violaciones del derecho a la vida, el desinterés por la pobreza de muchos países, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades”.

Las preguntas cruciales formuladas por Juan XXIII y Juan Pablo II competen a cada ciudadano del mundo, creyente o no en la fe católica. Las preguntas de la Responsabilidad y de la Paz, aquí y ahora, competen a la humanidad sin excepciones.