• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Irrespeto a Fermín Toro

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Fermín Toro es, como se sabe, una de las figuras más eminentes de nuestra historia, quizá uno de los próceres civiles de mayor trascendencia. Sus obras fueron fundamentales para la construcción del Estado nacional, a partir de 1830. Dejó ensayos profundos sobre los problemas de su tiempo, y trabajó sin cesar por la moderación de la política.

Se caracterizó por su búsqueda del equilibrio, sin soslayar las posiciones enfáticas cuando la naciente sociabilidad corrió peligro. Nunca faltó a las citas convocadas por el civismo en una época tumultuosa. En la prensa, en la diplomacia y en su papel como parlamentario, nunca le falló a lo que entendía como el inicio de la convivencia civilizada que entonces requería Venezuela.

Es célebre su conducta ante los grotescos sucesos ocurridos el 24 de enero de 1848, cuando sucedió el acertadamente calificado “asesinato del Congreso”, que promovió subterráneamente el Poder Ejecutivo para así justificar e instaurar después, sin careta alguna, la dictadura.

Dispersados los diputados por la violencia del populacho y perseguido por los agentes de la turbación, dejó una frase que conviene recordar en nuestros días: “Díganle a Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero Fermín Toro no se prostituye”. ¿Por qué la memoria acude ahora a su ejemplo? ¿Por qué mirar hacia su figura?

En Barquisimeto, una universidad que lleva su nombre fue víctima de la barbarie. Grupos armados, delincuentes desenfrenados según afirma el rector de la institución, robaron los equipos de unos laboratorios de informática e, insatisfechos con su “hazaña”, incendiaron la biblioteca. Incendiaron la biblioteca, léase bien, hicieron que los libros y la tinta fueran pasto de las llamas, que miles de papeles se consumieran en una hoguera, arrojaron a la candela los volúmenes que necesitaban los estudiantes para su formación y que formaban un patrimonio de invalorable importancia para la sociedad del estado Lara.

¿Por qué perpetraron el atroz delito? Porque nadie se los impidió, en primer lugar, pero también atizados por las prédicas de la revolución, por el terror que el régimen le tiene a la inteligencia o a la necesidad de dialogar, y por el apoyo de los factores de poder que ganan con el nuevo “asesinato” de las instituciones fundamentales para la convivencia civilizada.

Jamás se había visto cosa semejante en Venezuela. Ni durante la Guerra Federal, ni durante los ataques de Crespo en la Guerra Legalista, ni siquiera durante la oscurana oprobiosa del gomecismo. Pero sucedió. Una flamante inquisición se estrenó con un alevoso auto de fe. Una fuerza oscura debutó mediante el ataque flagrante de la inteligencia, de la libertad de expresión, de la luz, de la cultura en general.

No fue la arremetida similar a las fuerzas de choque o de las facciones embrutecidas de la Alemania nazi, sino una ordalía de los “colectivos” en la hospitalaria Ciudad de los Crepúsculos. “¡Qué mueran los que saben leer y escribir!”, gritaron las hordas que provocaron la matazón de una guerra civil bajo la jefatura de Ezequiel Zamora, pero se quedaron entonces en los gritos. Ahora los gritos han dado paso a una quema de libros, a la violación de una biblioteca.

La profundidad del barranco por el que se precipita la sociedad con un acto de barbarie como el que se ha comentado, no sólo es un episodio condenable por sí mismo, por la atrocidad que en su esencia representa, sino también por el hecho de que se haya perpetrado contra una casa de difusión del saber que lleva el nombre ilustre de Fermín Toro.

La revolución no solo atenta contra los que considera como sus enemigos de la actualidad, sino contra figuras y valores fundamentales del republicanismo. Los empuja el odio.