• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Escapulario ajeno

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Insultos contra la Iglesia

El marcado acento mariano de esta semana que hoy comienza y a lo largo de la cual se rinde homenaje a las vírgenes del Valle y de la Coromoto –patrona de oriente la primera, y de todos los venezolanos la segunda– ha propiciado multitudinarias movilizaciones hacia Margarita y Guanare, lo que puede ser asumido como la más contundente manifestación de repudio a la idolatría con que el chavismo se ha colocado al borde de la apostasía, al punto de atreverse a inventar una nueva iglesia con san Hugo como fundador y, dentro de poco, con san Fidel como padre del ungido.

Ante esas fervorosas señales de fe, lucen más que inapropiadas, insultantes, las declaraciones de un oficial retirado que reparte ofensas a través de lo que se supone es el canal de todos los venezolanos, y censura, de paso, a las máximas autoridades del clero nacional por el rechazo de estas al uso herético y blasfemo de la figura del expresidente Chávez con fines no solo proselitistas, sino marcadamente catequistas en relación con un culto sincrético que garantice a quienes manejan el gobierno y su suculento presupuesto una larga y, ¿por qué no?, indefinida permanencia en el poder.

Ayer deben haber llovido los sermones y homilías en las iglesias del país respecto a la sacrílega súplica, que en otras circunstancias pudiese ser tomada como expresión naif de una devoción que, aunque sincera, pudiese estar motivada por el subsidio redentor del comandante monumental y galáctico.

Ayer también, Tulio Hernández anotaba, en su columna habitual en este diario, que si la autora de esa cursi parodia del Padre Nuestro, que ha concitado el repudio unánime de la feligresía católica, fuese mahometana y no cristiana, como suponemos es, ya pendería sobre ella una fetua, fatua, fatwa o como quiera que se escriba ese terrible edicto mediante el cual los muftíes pueden condenar a muerte a quien un imán cualquiera juzgue culpable de irrespetar a Alá o al Profeta.

Tiene razón el columnista de Siete Días y, afortunadamente, el cristianismo renunció a esos métodos hace ya unos cuantos siglos; de lo contrario, la nueva evangelista y los participantes en el iniciático aquelarre donde se dio lectura y coreó la rogativa roja estarían purgando su pecado en una de esas hogueras que el Santo Oficio hacía encender para que ardieran en ellas quienes abjuraban de la fe. Hoy bastan una cuantas Ave María para estar en la buena con Dios; así de tolerante es la Iglesia contemporánea, de allí su autoridad.

Acusar al cardenal Urosa de “perseguir y someter al escarnio público a una mujer revolucionaria” por su “espíritu creador” es, además de una falacia ad hominen, una imputación hipócrita para desacreditar al prelado, dictada por un impío que quiere ganar indulgencias con escapulario ajeno y, sin creer lo que dice ni decir lo que cree, siente la necesidad de expresarse, no vaya a ser que el próximo sacudón consista en sacudírselo precisamente a él para que no quede sino el pelero que no tiene.