• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Infeliz Navidad

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No es posible precisar cuánto puede tardar un establecimiento comercial en reponer su inventario, ni cuánto le va a costar. Eso lo sabe el gobierno y quienes le dictan la línea ante una coyuntura política que debe, por encima de cualquier consideración ética, engolosinar a los electores, aun cuando ello implique herir de muerte a la economía.

De allí que se evidencien más improvisaciones que cálculo en las estrambóticas medidas tomadas por el oficialismo para liquidar la inflación, como si vendiendo el diván se acabara la infidelidad.

Pareciera que el estado mayor para le economía, que está -por supuesto- en manos de un general, estuviese integrado no por técnicos y especialistas en la materia, sino por cabalistas y nigromantes que, mediante artes adivinatorias, creen interpretar los deseos de la gente para, como genios escondidos en lámparas maravillosas, concedérselos.
Y no es esta una afirmación en sentido figurado: ni Ramírez el avisado zar de Pdvsa, ni el lunático jefe de Cordiplan ni tampoco el militar pelotero a cargo de la OSE, por solo nombrar algunos, son economistas.

Claro que detrás de la “gran liquidación hasta agotarse toda la existencia” alegremente propiciada por el régimen hay la intención oculta de doblegar al comercio y avanzar hacia el control total del sector en concordancia con el ambicionado y retrógrado estado comunal con el cual parece soñar Maduro todas las noches.

Pero, como toda acción tiene consecuencias que suelen no ser evaluadas antes de emprenderla, el despiporre desatado por las coercitivas disposiciones oficiales que lesionan más a justos que a pecadores, ya ha comenzado a presionar negativamente sobre la estabilidad laboral y el ingreso de los trabajadores.

A la que ya es asumida como natural escasez de alimentos que los obliga a escatimar tiempo a sus empleos para hacer largas colas, ha venido a sumarse una repentina y demagógica barata que, por su perversa convocatoria (¡hay que vaciar los anaqueles!) les impele a cerrar filas ante tiendas y almacenes que distribuyen artefactos casi siempre no esenciales.

Y al bajar los precios de lo ofrecido se reduce por dos vías (el porcentaje en sí y el neto de la comisión) el estipendio de los vendedores, que son muchos; y hay más: a menos que esté en conchupancia con el gobierno y logre beneficiarse de las importaciones que éste ha convenido con fabricantes del lejano oriente y del régimen de asignación de divisas, un comerciante puede demorar hasta cuatro meses en reabastecerse, lo cual implica el cierre temporal o definitivo del negocio y, lógicamente, el despido parcial o definitivo de sus trabajadores.

Pensar que todos los comerciantes son Ebenezer Scrooge, aquel tacaño agiotista retratado por Dickens en A Christmas Carol es una simplificación inaceptable que puede traducirse para el trabajador venezolano en una infeliz Navidad y un Año Nuevo sin prosperidad ni futuro.