• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La Iglesia me cae mal

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Por alguna extraña razón y sin llegar a ser el momento más apropiado, el alcalde del oeste de Caracas, Jorge Rodríguez, se lanzó de buenas a primeras contra la Iglesia católica precisamente cuando en Venezuela se ha dado inicio a un diálogo para tender puentes de entendimiento y convivencia, algo muy difícil de lograr si entran como elefante en cristalería personajes como Rodríguez, a quien el odio contra el resto de los venezolanos que no piensa como él se le nota demasiado.

Tampoco es que Rodríguez haga algo por ocultarlo, muy por el contrario, lo muestra incluso a dúo con su familiar cercano, empeñados en ver la vida siempre a través de un espejo retrovisor que le permite vigilar que sus odios estén siempre bien cerca de sus espaldas y no se pierdan en un recodo del camino.

Ayer, mientras el oficialismo celebraba a lo grande y con alegría desmedida el aniversario de la llegada al poder del señor Nicolás Maduro, pues el alcalde Rodríguez andaba con el puñal escondido en la espalda esperando el momento para darle uso.

En efecto, comenzó por declarar que el diálogo que el jueves tuvo su primera sesión “había tenido un excelente comienzo” pero de inmediato, como si hubiera cometido un pecado mortal, aclaró a los asistentes que allí no se producirían “acuerdos subrepticios debajo de la mesa (…) Fue muy positivo para todos que se haya dado este evento más allá de las verdades y medias verdades y de las muchas mentiras”, pero sólo llegó a ser “un diálogo franco para establecer un sistema de coexistencia pacífica”.

Esto de la “coexistencia pacífica” suena, como ya lo dijimos en una oportunidad, a rémora de la Guerra Fría, es decir, a Unión Soviética y Estados Unidos poniéndose de acuerdo para no desatar una guerra nuclear devastadora. Viniendo de Rodríguez, hombre de profundos rencores según dicen, cuesta creer que él tenga ganas de coexistir pacíficamente con Henrique Capriles, Leopoldo López, María Corina Machado o Antonio Ledezma. Todo lo contrario.

Ya los venezolanos tuvimos la oportunidad de ver en acción a Rodríguez cuando, durante el desarrollo del diálogo, se dirigió públicamente a Andrés Velásquez y le dijo, palabras más, palabras menos: “Tú a mí me caes mal, siempre me has caído mal, es más… me caes malísimo”. ¿Qué necesidad había de revivir en ese encuentro y en ese momento un odio que viene del pasado, que a nadie le interesaba ni aportaba algo sustancial que ayudara a encontrarle una salida a la crisis política, social y económica que vive el país?

En esos odios acumulados y fermentados lentamente con el paso de los años nadie puede sembrar la paz ni el entendimiento. Lo único que puede nacer allí es la destrucción del otro cuando llegue el momento más propicio para actuar por sorpresa, con alevosía y nocturnidad, como sentenciaría un juez. Pero quien no la hace a la entrada pues la pone a la salida: Rodríguez entró a cuestionar, sin venir al caso, el papel que cumple la Iglesia venezolana en estos momentos en que se busca el entendimiento y la pacificación del país.

Olvida Rodríguez que en las conversaciones entre el gobierno y la oposición fue vital el papel del nuncio Aldo Giordano, y de los tres cancilleres de Unasur en su papel de terceros de buena fe. Pero a Rodríguez le parece que la alta jerarquía de la Iglesia en Venezuela, y en especial los obispos de la Conferencia Episcopal Venezolana, han tomado partido y asumido una posición política. Con ello ayudaron a tapar “los 18.000 actos de violencia” (…) La Iglesia “al menos debería haberse deslindado de la violencia criminal”.

Lo que le faltaba a Maduro: que uno de sus colaboradores se peleara con el papa Francisco, con los obispos y la feligresía venezolana.