• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Humo, basura y crimen

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Ya el país ha perdido el asombro cuando ve las noticias y se encuentra con inmensas llamaradas y columnas de humo que emergen de cárceles en conflicto, de la refinería Amuay o de El Palito.  El incendio de la Torre de Parque Central, el segundo edificio más alto del país, fue apenas un anuncio de la serie de tragedias que nos azotarían luego.

La oscuridad no venía del humo que vemos y respiramos en esta Caracas contaminada ni el producto de los vertederos de basura a cielo abierto que arden espontáneamente: era el desfile de catástrofes acumuladas durante 14 de años de rapiña y de ineficiencia rojita y militar.

Han regresado enfermedades que se creían desterradas, epidemias implacables como si viviéramos en el siglo XIX, ferrocarriles que no van a ninguna parte, olores nauseabundos que emanan de las aguas podridas del lago de Valencia o de ese estuario séptico en que han convertido el hermoso lago de Maracaibo.

El hedor también rodea esos containers repletos de comida importada que nunca llegaron a alimentar a nadie, sino a la cuentas en dólares de una mafia de millonarios bolivarianos. El panorama de la tragedia se amplía con las autopistas y carreteras el mal estado, el estruendo de puentes que se caen en todo el territorio, huérfanos de atención y mantenimiento.

Al puente de Cúpira le precedió el viaducto Caracas-La Guaira. Hoy son decenas de puentes que están por sucumbir. Hasta el emblemático puente sobre el lago de Maracaibo, sufre el rigor del abandono, como lo sufre también el primer puente sobre el Orinoco.

Estas imágenes caracterizan 14 años de negligencia y caos oficial: los venezolanos han sido testigos y víctimas de explosiones, deslaves, inundaciones, apagones, roturas de tuberías, hundimientos de carreteras, junto a la tragedia cotidiana de los asesinatos por la violencia delincuencial. Todos esos males parecen aumentar cada día, a medida que se acerca el final de este gobierno.

Venezuela es un territorio devastado. Derrames petroleros como el del río Guarapiche y los cientos que a diario se suceden en Monagas y Zulia y dondequiera que el “excremento del diablo” está siendo mal manejado por una PDVSA que improvisa en lugar de planificar. Mortandad de peces que el descuido oficial ni impide ni explica: en Higuerote, el sur del Lago y otras zonas frágiles de humedales. Fallas frecuentes en los ferrys a Margarita y el Metro de Caracas, accidentes en el cortico Metro maracucho y paralización de la construcción de los Metro de Valencia y otras ciudades.

Escuelas y liceos colapsan sin los arreglos y mantenimientos que exigen sus vetustas estructuras. Hospitales como el Vargas parecen pertenecer a países en guerra, por remodelaciones que no terminan nunca para hacer interminables los guisos y corruptelas.

A medida que pasan más días en el poder, Venezuela se va desenfocando más y más, se va borrando, se hace ceniza y humo…va desapareciendo.