• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Hijo de papá

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Me toca por ser mi papá el presidente de la república”, así expuso  Nicolás Maduro Guerra a la agencia noticiosa AFP los méritos que lo acreditan para liderar un equipo encargado de supervisar los planes y acciones gubernamentales, con el fin de sugerir correctivos y hacérselos llegar a su padre, en Miraflores.

La agencia gala de noticias señaló que el grupo comandado por Nicolás junior recomendó: “Felicitar a la ministra de Servicios Penitenciarios, Iris Varela, por la construcción de una nueva cárcel en el país, en momentos que enfrenta presión por una reyerta en un penal que dejó 16 reos muertos esta semana”.

Así como Nicolás Maduro aseguraba que todas y cada una de las decisiones que le tocó tomar en la Asamblea Nacional y en la Cancillería le eran sugeridas, aconsejadas o, más precisamente, ordenadas por su añorado y fenecido comandante eterno, el hijo de don Nicolás Maduro Moro y doña Adriana Guerra asegura que le cuenta “todo, todo, todo” lo que ve a su padre y razona que su fiscalización es  “para ser transparentes, para que no haya corrupción, para que haya una línea directa con el presidente de la República”.

Si tal  “línea directa” fuese garantía de decencia en la administración de la cosa pública, Venezuela -después de 15 años de presunto diálogo entre Chávez y “su” pueblo a través de Aló, presidente- debería ser el paradigma mundial de solvencia gubernativa.

Sin embargo, bajo la conducción de Chávez y Maduro senior nuestro país es arquetipo de nación donde campea la deshonestidad en todos o casi todos los órganos del poder público y, por ello, objeto de reseñas y reportajes por parte de los medios internacionales de comunicación, que no salen de su asombro ante la podredumbre oculta tras el discurso socialista.

Ejemplo palpable de la descomposición moral de la revolución bolivariana es el nepotismo crónico practicado por los máximos dirigentes del PSUV, desde  su extinto presidente fundador –que puso a toda su familia donde había para hacer su agosto, y cuya descendencia sigue viviendo a costa del contribuyente en la residencia presidencial La Casona–, hasta el  heredero y su cónyuge, quienes engranaron a un buen número de parientes suyos en la maquinaria burocrática de la Asamblea Nacional, la cual presidieron uno antes que la otra, pasando por Cabello, que -como si estuviese jugando más a las damas que al ajedrez- ha sabido colocar estratégicamente a hermanos, tíos, primos, sobrinos y demás familiares y amigos en el tablero del poder.

Maduro reincide en esa enojosa práctica, convirtiendo a su primogénito en delfín, como hicieron en su momento Anastasio “Tacho” Somoza, François, “Papa Doc”  Duvalier  y el semidiós coreano Kim Il-sun con sus hijos, creyendo tal vez que así como él se sacó la lotería cuando el occiso lo premió con la sucesión, también su muchacho podría eventualmente ir para el baile.