• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los Helados Copelia

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El Presidente de la República pierde la paciencia y da muestras de irritación muy justificadas cuando se entera de que asuntos de la administración pública funcionan mal, o no funcionan en absoluto. Es perfectamente comprensible que esto ocurra porque está en juego no sólo el crédito del jefe del Estado sino la suerte de la revolución.

No deberían suceder estas cosas, pero parecen ser el denominador común de la época. La cuestión es de tanta entidad que en el fragor de la campaña, cuando por los afanes electorales visitaba una fábrica nacionalizada, o recorría una calle donde los huecos amenazaban la estabilidad del carromato en que se trasladaba, molesto, frustrado, el Presidente le prometió a sus prosélitos que crearía un “ministerio para el seguimiento”. El Presidente no se contuvo y, en no pocas ocasiones, les hizo ver a los altos burócratas que no repetirían en sus cargos o que de algún modo “pagarían” sus indolencias y el vicio de sus perezas.

Más pronto que tarde, el Presidente cumplió la promesa de crear un “ministerio de seguimiento”, pero la cumplió a medias. Le añadió una responsabilidad más al Ministerio de la Secretaría, y esto al parecer no es la solución. La experiencia lo demostró sobre la marcha. La ministra tiene que moverse en helicóptero de un lugar a otro, cada vez que se enciende la luz roja de la flojera. El Presidente se ha encargado de difundir esto él mismo, con sus palabras y sus instrucciones, de modo tal que se escribe aquí con la tranquilidad de que nadie puede sospechar segunda intención al abordar el asunto.

En una de sus recientes cadenas desde el Palacio de Miraflores, el Presidente le ordenó a la titular de la Secretaría y del Seguimiento inspeccionar una fábrica paralizada y, en seguida, le pidió que también se apareciera de improviso en la planta de Helados Copelia.

Había sido inaugurada por el Presidente una semana antes, y él confiaba que a partir de aquel momento los helados se habrían convertido en una atracción para el caraqueño. Grande fue el desencanto del mandatario cuando se enteró en ese consejo de ministros que los helados solo se habían producido para la fiesta de inauguración, y nada más. ¡Qué fiasco!

Los resultados de la investigación ministerial no se conocen. Y es una verdadera lástima porque no se sabe si fue debido a que no había leche, huevos o azúcar. O porque los compañeros del PSUV decidieron por su cuenta que los helados no merecían tantos sudores. La cuestión tenía otras implicaciones que complicaban el suceso.

Los Helados Copelia constituyen uno de los grandes éxitos de la Revolución Cubana logrados en medio siglo. Todo el que va a La Habana quiere probar sus ricos sabores, aunque tenga que llevar el vasito para que se lo llenen. Este es un detalle de poca importancia. ¡Qué lástima que el público no conozca las razones de por qué se dejaron de producir los helados!

Moraleja: la “mano de hierro” no funciona en secreto.