• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Hacer esperar

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A veces la espera puede alcanzar hasta seis horas. En la mayoría de las ocasiones, los propios pacientes o sus familiares esperan entre tres y cuatro horas. Transcurrido ese tiempo, llega el momento en que un funcionario revisa récipes e informes médicos. Pasa a menudo que, luego de esas horas inútiles, estos pacientes o sus familiares son rechazados: algo les falta. Deben devolverse, buscar algún papel y comenzar de nuevo la espera.

Nos referimos a la Farmacia de Alto Costo del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, ubicada en la zona industrial de Los Cortijos de Lourdes. No hay un pendón o un cartel que liste y recuerde los requisitos. ¿Y por qué no lo hay? Porque hacer esperar es una de las formas de dominación del poder autoritario. De someter al ciudadano. De humillarlo.Pero la cosa no ha terminado aquí. Una vez finalizada este primer trámite de espera, el paciente o el familiar encargado de recibir los medicamentos ingresa en una sala. Debe seguir esperando. Hasta que lo llamen de alguna de las catorce taquillas que tiene el lugar. Cuidado: ningún ciudadano debe esperar que todas las taquillas estén en funcionamiento. No. En el mejor de los casos funciona una. O quizás dos. Eventualmente tres. Porque si el sistema funcionara mejor, las personas enfermas no tendrían que esperar. Y eso, la posibilidad de que la espera no sea larga y angustiante, no es algo que la burocracia pueda permitirse.Y es en este punto donde es imprescindible hacer un alto para referirnos a un estrechamente asociado a la espera: el trato. O, mejor dicho, el maltrato a ciertas personas. Porque hay que decirlo: el maltrato no es universal. Con aquellas personas que tienen algún nivel educativo y se expresan con claridad, no ocurre. Pero basta con que alguna persona de la tercera edad vacile, se equivoque al momento de preguntar o no sepa con certeza el procedimiento que debe cumplir, para que la burocracia ejerza su práctica favorita: la expresión de fastidio, el tono de prepotencia con que se maltrata justo a quienes más ayuda necesitan.En este mismo instante, mientras usted lee este editorial, hay miles y miles de personas haciendo cola, esperando alguna respuesta del sistema de salud del Estado venezolano, que continúa cargado de ineficiencias, de carestías, de problemas que no encuentran solución alguna, sino que se agravan.

Pasan los años, pasan las sucesivas administraciones, pasan los gobiernos, y los pacientes siguen sometidos a la obligación de esperar, cada vez por lapsos de tiempos más largos. A nadie sino a las políticas del régimen es imputable lo que está ocurriendo. Son sus actuaciones las que han derivado en el déficit actual de médicos, por ejemplo, que han decidido no someterse a la infame politización del sistema de salud y se han marchado a otros países a practicar su profesión. Esto no ocurre sin consecuencias: los pacientes deben esperar más y más y más. Es el resultado que la revolución bonita se propone como objetivo: que cada venezolano no sea un ciudadano, sino alguien que dedica su vida a permanecer en una cola, cada vez más lenta y más larga.