• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

Hablemos de paz

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A lo largo de los tiempos, lo que los hombres entendemos como paz ha cambiado. Los estudiosos del tema, decenas de universidades en el mundo y la Unesco, desde finales del siglo XX, sostienen que “la paz es una cultura” o un estado de la cultura. Esto quiere decir que la paz está siempre en proceso de conformarse y que ella, y esto es lo fundamental, debe entenderse como el principal objetivo integrador de la sociedad y no como un objetivo más. La paz como una forma de vida. A esto se debe que en tiempos recientes, en distintos países, se estén adelantando programas sociales que promueven la cultura de paz.

En el Proyecto de Declaración Sobre el Derecho del Ser Humano a la Paz, documento emitido por la Unesco en 1997, se nos advierte que detrás de cada estrategia política hay un modelo cultural en juego. Y que entre los distintos modelos culturales del poder están los que buscan integrar a la sociedad y los que buscan dividir, establecer fisuras entre las distintas comunidades y sectores sociales. Con ello se quiere decir que la paz no es posible si el modelo del poder no tiene un carácter integrador. No puede haber paz en aquellos lugares donde el poder se dedica a resaltar las diferencias y a estimular la confrontación.

La paz, y esto es esencial, es indivisible. No puede ser un objetivo parcial. No puede concebirse como un bien al que puede acceder una parte de la sociedad, mientras permanece negada al resto. Si no es una aspiración para el conjunto, su ruta será inviable. La paz ha de ser una meta y una conquista de la totalidad del conjunto social. Es un propósito que no resiste excepciones. Basta con que un solo sector de la sociedad sea excluido para que la paz no sea tal y se pongan en riesgo todos los esfuerzos.

Lo resumido en los tres párrafos anteriores nos remite a dos cuestiones: en primer lugar, al modo en que el modelo de poder resuelve las contradicciones, que son inevitables en cualquier sociedad. Y, asociado a lo anterior, al discurso que ese poder pone en circulación como respuesta a los conflictos. 

La construcción de la paz en Venezuela, más allá de los conflictos reales causados por el pronunciado deterioro de las condiciones de vida, exigiría, como paso inaugural, el reconocimiento de que amplios sectores del país –ahora en mayoría de acuerdo con las más recientes encuestas– tienen los mismos derechos, aun cuando no se afilien y rechacen el proyecto político que encabeza Nicolás Maduro. En consecuencia, lo primero que tendría que ocurrir, si el objetivo es avanzar hacia la paz, es un cambio radical en el uso de la lengua infamante con que los voceros del régimen se refieren a los sectores democráticos.

Lo otro, y esto es algo que se ha repetido en las últimas semanas, es que todo llamado a la paz debe fundamentarse en una agenda. El abuso retórico del llamado a la paz; los actos culturales que mezclan loas a la figura de Chávez –promotor principal de la división social en Venezuela– con canciones de pésimo gusto, que entienden que la paz es igual a socialismo; las reuniones en las que se mezclan empresarios con supuestos representantes políticos de la oposición a los que nadie ha elegido y que no se representan ni siquiera a ellos mismos; los discursos de Nicolás Maduro en los que, en una misma intervención, habla de diálogo y de paz, al tiempo que vocifera insultos e inventa acusaciones estrambóticas, mientras que uniformados y maleantes gasean y disparan a quienes protestan en las calles, nada de ello conduce a la paz.

Por supuesto que a nuestro país le hace falta avanzar hacia un ambiente de paz. Pero no puede ser la paz de los sepulcros. No puede ser una paz que el régimen imponga haciendo un uso indiscriminado de la violencia y la represión. No puede ser una paz impuesta.