• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Hasta Guyana nos desafía

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El país no descansa ante esta avalancha de noticias que, por sus dimensiones, no deja espacio para el optimismo ciudadano. A la estremecedora situación en la frontera con Colombia, provocada por una operación militar en la cual se han violado todas las convenciones internacionales que norma el respeto por los derechos humanos, se acumula ahora un escenario de guerra con otro país vecino, Guyana, que como era de esperar está aprovechando la situación de debilidad de Venezuela en el escenario internacional originada por la torpeza de una cancillería que parece dirigida por el finado Popy.

Un año atrás nadie hubiera pronosticado que ese pequeño país le gruñiría a Venezuela con la altanería que ahora lo hace, sin tenerle miedo al tigre ni al cuero, y sin contar con costosísimos aviones rusos y miles de armas y radares chinos. Mientras el gobierno de Maduro comete errores tras errores en la política con Colombia –un escenario que estaba bajo mediano control–, pues no se le ocurre otra cosa que prender la candela en la otra frontera, allí donde menos debía hacerlo.

A cualquier mandatario con cierta comprensión de la política internacional jamás se le hubiera ocurrido la estupidez de pelearse al mismo tiempo con dos países vecinos, valga decir, dividir sus fuerzas antes de cualquier batalla. Hoy vemos a una Venezuela persiguiendo a mediocres bachaqueros mientras que Guyana parte y reparte el Esequibo y sus riquezas minerales entre compañías trasnacionales estadounidenses o chinas.

Basta revisar la fotografía del encuentro convocado por el secretario general de la ONU entre los presidentes de Guyana, David Granger, y Nicolás Maduro, de Venezuela. Mientras este último esboza una sonrisa que termina siendo una mueca, el mandatario guyanés pone cara de pocos amigos, como si no tuviera ningunas ganas de tender puentes ni mucho menos llegar a ciertos progresos en el grave asunto que está planteado entre las dos naciones.

De manera que a nadie podía sorprenderle que días después el presidente de Guyana, David Granger, denunciara ante la propia Organización de Naciones Unidas las “agresiones de Venezuela” contra su país. Tal actitud tan desafiante y retadora debe ser analizada con detenimiento y serenidad porque no se corresponde con la capacidad de ese país empobrecido para pasar a mayores y, de paso, agudizar unas tensiones que estaban siendo atenuadas por el propio secretario general de la ONU que, se supone, no da un paso en falso.

¿Cuál es el as que tiene escondido en la manga el presidente de Guyana? ¿Qué lo hace sentir tan seguro y agresivo? ¿Por qué emplea un lenguaje más propio de un país militarmente  bien armado, lo cual no es su caso ni lo será por mucho tiempo?

“La frontera de Guyana con Venezuela se estableció hace 116 años. Todo el mundo, menos la República Bolivariana de Venezuela, acepta nuestras fronteras”, espetó Granger. Agregó: “Guyana no quiere que esta odiosa reclamación territorial tape las perspectivas de paz”. ¿Odiosa reclamación? Vaya, vaya.