• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Guerra y joropo

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Además de la penosa y debilitante carga económica para Venezuela que supone la petromillonaria ayuda a Cuba y a los hermanos Raúl y Fidel Castro (este último ya está mascando el agua), el señor Maduro ha colocado sobre nuestros hombros el pesado lastre de una fuerza armada ideologizada, cuyo proceso de cubanización marcha a todo vapor pasando por encima de los genuinos intereses del país.

Las cabezas visibles del régimen siguen de manera sumisa los dictados de La Habana para asegurarse de que Venezuela continúe suministrando, gratuitamente o a precios de gallina flaca, insumos y capital que prolonguen la dictadura castrista hasta, por lo menos, la desaparición física de los dinosaurios antillanos.

Acierta María Corina Machado cuando declara que Maduro “obliga a los militares a darle una legitimidad que nunca ha tenido”, y ello explica el porqué del pretoriano comportamiento de una guardia nacional supuestamente bolivariana que, en connivencia con motorizados paramilitares y miembros de la policía nacional, ha tomado por asalto la martirizada plaza Altamira.

La guardia bolivariana del pueblo (vaya nombrecito tan mal adjudicado) y sus socios paramilitares han llegado en oleadas disparando a discreción y llevándose detenidos a docenas de inocentes transeúntes, e imponiendo su ley del revolver y la metralleta en lo que ahora, según dijeron al unísono los ministros de Interior (general Rodríguez Torres) y de Información (Izarrita), es “territorio liberado” y no, como lo que realmente era hoy, una zona de ocupación militar.

El estado de sitio no declarado en San Cristóbal, Valencia y algunas zonas de Caracas y otras ciudades del país, no ha hecho sino darle resonancia a un rumor insólito que hasta los mismos chavistas piensan y no se atreven a expresar: Nicolás quiere pero no alcanza a gobernar porque le falta experiencia y capacitación para solucionar los graves y complejos problemas económicos, sociales y políticos que se le han acumulado en tan poco tiempo. 

Si eso fuera así, ello lo pone en la mira de sus ambiciosos conmilitones entre los cuales debería buscar a los golpistas que tanto teme y que no provienen, como sostiene el señor Maduro, de las filas opositoras y, muchísimo menos, del estudiantado, de las amas de casa ni trabajadores que carecen de soldados y fusiles.

El gobierno cantó victoria en la plaza Altamira y califica de “hazaña heroica” la toma por la fuerza de una apacible plaza caraqueña, como si ello fuese el equivalente a la ruptura del cerco de Stalingrado o la liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial.

Entretanto, los ciudadanos se preguntan cuánto tiempo podrán permanecer con sus tanquetas y helicópteros intimidando a la población esas tropas de ocupación en Chacao sin que estalle un conflicto de imprevisibles consecuencias.

Bastará con el estallido de un globo o el tronar del escape de un automóvil para que algún soldadito con los nervios de punta abra fuego y reviva la mecha de la represión indiscriminada, justificando plenamente con ello la aseveración del señor Maduro de que estamos en guerra contra el imperialismo y la burguesía depredadora, a la vez que se aprovecha para aniquilar (o neutralizar como dicen los cubanos y los rusos) a los jóvenes estudiantes y humildes ciudadanos que siendo venezolanos pierden el derecho a la vida por pensar diferente a las directrices del gobierno.

Y si “estamos en guerra”, se debe controlar aún más la venta de alimentos con una tarjeta de racionamiento. Guerra es guerra, dice Maduro, aunque sea contra un minúsculo municipio cuya extensión real apenas supera la estación espacial que Estados Unidos y Rusia han puesto a girar alrededor del planeta.