• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Guaracha del pasado

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Mamá yo quiero un cadete, de la escuela militar… no importa que sea gordito, viejo flaco o cabezón… lo mismo me da un sargento que un teniente o general.

Estos versos humorísticos de una guaracha escrita por Billo Frómeta expresan un sentimiento arraigado en nuestra sociedad hasta los años sesenta del pasado siglo. Décadas de gobiernos militares (Castro, Gómez, López, Medina y Pérez Jiménez) hacían pensar que un uniformado en la familia era garantía de seguridad y estabilidad económica.

Con el advenimiento de la democracia y el poder civil, la Fuerza Armada pasó a ocuparse de los asuntos que le concernían de acuerdo con la Constitución, pero el ascenso a la Presidencia del occiso comandante, aupado por la antipolítica, la ha convertido en una especie de “casta” con fueros especiales, que se ha enquistado en el poder, porque quienes fueron elegidos por el voto popular no parecen o no quieren gobernar.

Hay una nueva “cultura militar” contraria a los principios que rigen en las reconocidas escuelas donde se forman los oficiales del Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional, contingentes que la carta magna define como “una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la defensa y la soberanía de la nación y asegurar la integridad del espacio geográfico…”.

Este y no otro debe ser el papel de la Fuerza Armada; pero, desgraciadamente, se ha desnaturalizado la función castrense y se ha “partidizado” esta respetable entidad apolítica, para que gobiernen las botas y no los votos, como sugirió ayer la mancheta de este diario a propósito de las declaraciones del sociólogo Eduardo Guzmán quien señala que, de acuerdo con sus investigaciones, 1.614 militares han desempeñado y ejercen cargos en la administración pública, y, de estos, 368 han sido designados por Maduro.

El peso de la FANB en el régimen gobernante se evidencia en la instalación de un Comando Político Militar con participación de oficiales del Alto Mando, la constitución de un Estado Mayor Cívico Militar Fronterizo y la creación del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria, a cuya cabeza está un mayor general.

El ciudadano común tiene la impresión de que ciertas decisiones emanan no de Miraflores sino de Fuerte Tiuna, tal es el peso de los militares en el actual gobierno. A juicio del citado investigador, “aquí se maneja la tesis del gendarme necesario, según la cual un militar es quien debe gobernar el país”. El mandatario no sería más que un “un instrumento del brazo armado del Estado”, según el investigador.

Teñida de rojo, la FAN pasó a ser el principal sostén de un gobierno que desconfía de las capacidades e inteligencia de profesionales y técnicos civiles egresados de las universidades democráticas, y que no cuenta en las filas del PSUV ni en la de sus aliados con gerentes y administradores civiles ciertamente capaces.