• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El Gran Circo del Sur

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Alipori, lipori o alíporis, que de las tres formas lo hemos visto escrito, es un sustantivo que significa pena ajena; esa vergüenza que en nosotros produce el ridículo de terceros y, en algunos casos específicos –sobre todo cuando atañe al gentilicio– sentimos como propia y no podemos evitar el sonrojo. 

Acaba de sucedernos con el estrambótico desempeño de la minúscula titular de exteriores en la OEA. Cero en conducta y aplicación es la calificación que merece por sus alegatos fuera de lugar y la cadena de insultos gratuitos con que intentó descalificar al secretario general Almagro y, si no estuviese en juego la reputación del país, diríamos que su actuación fue desopilante. Así lo testimoniaban las carcajadas que se dejaban oír cada vez que, creyendo que se la comía, develaba conjuras orquestadas entre Almagro y Estados Unidos.

Daba risa escuchar tanto disparate y no se entendía por qué presentaba su despampanante stand up comedy mientras, en Caracas, Maduro cortejaba “con respeto” a mister Thomas Shannon, enviado del imperio infernal. Y tan risible como la performance de la feroz diplo-garrapata fue el titular de un tabloide que todo lo ve al revés. Según su particular óptica, el gobierno obtuvo, en Washington, un triunfo tan resonante como el alcanzado en la Copa América ante Argentina, que de paso nos metió una humillante goleada. No cabe duda, el régimen se las arregla para entretener; incapaz de proveer pan, prodiga circo.

El gran circo del sur es una obra de Rodolfo Santana, promocionada, en el marco del Festival Internacional de Teatro de 1975, como “espectáculo experimental” y recordaba una versión del Testamento del Perro (Ariano Suassuna, 1959) montada por Álvaro Rosson, con escenografía de Jacobo Borges y una heterogénea plantilla actoral. En homenaje al dramaturgo chavista, el nombre fue adoptado por una partida de mimos de centros comerciales,  come fuegos de semáforo, payasos piñateros y otros buscavidas similares que deambulan por pueblos y ciudades del subcontinente con el patrocinio de Pdvsa. Es una lástima. No lo del patrocinio. Lo del nombre. Porque le viene que ni pintado a nuestro servicio exterior.

Sí. La cancillería venezolana se ha convertido en un circo itinerante, no a la manera de esas errabundas y deprimentes troupes que arrastran un batallón de gente mal formada para exhibirla junto a un rebaño de famélicas y envejecidas bestias y campean en cualquier descampado de los suburbios. No. Nuestro circo es actoral.

A la manera del Cirque du Soleil, pero después de la quemazón. Quiere dramatizar la diversión y logra lo contrario, pues trivializa las emociones y sólo le salen mamarrachadas. Cual de pato macho ejecutada con sin igual maestría por La Chaparrita más chillona del mundo, véanla y escúchenla, pero no la toquen que es de atar como su hermano; no se pierda a esta asombrosa compañía de contorsionistas, equilibristas, escapistas, ventrílocuos y prestidigitadores. 

Maestros y maestras en el arte de ocultar la realidad, vendedores de ilusiones rojas y rotas. No deje que se lo cuenten porque, aunque usted no lo crea, existen. Trabajan en la Casa Amarilla.