• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Giordaño

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A menudo se piensa que escribir sobre algún hombre público y poderoso que ha sido sorpresivamente defenestrado y arrimado a la cuneta de la historia es una tarea fácil. Al contrario, no resulta nada valiente y mucho menos un acto de coraje sacar a relucir la lista de sus grandes errores y de los innumerables actos de soberbia y de ignorancia que tanto daño le causó (y le seguirán causando por mucho tiempo) a un país que lo recibió con los brazos abiertos cuando llegó a estas tierras. El carácter noble y abierto de los venezolanos con el extranjero siempre ha estado de manifiesto y quienes vinieron hasta aquí para ayudarnos a salir adelante merecen toda la gratitud del mundo.

No es este el caso de Jorge Giordani, un hombre que podía haber hecho mucho por esta Venezuela desesperanzada y que más bien se dedicó no sólo a destruir a un país que lo había acogido con los brazos abiertos, sino que se unió a una de las corrientes políticas más perversas que haya gobernado esta nación. Su experiencia de vida y la de su familia bien le pudo indicar que el camino de odio y discriminación que había prevalecido en Europa sólo trajo consigo destrucción y muerte, hambre y exilio a millones de personas.

Si alguien sabía lo que la doctrina bolivariana iba a imponer en Venezuela era él, no sólo porque su familia había sufrido lo indecible en Europa por la siembra del odio nazista, comunista y fascista, sino porque luego le tocó vivir en República Dominicana donde las dictaduras no parecían tener fin sino centenares de muertes y torturados, prisioneros y desaparecidos.

¿Acaso no se dio cuenta ni siquiera por un momento que con un gobierno cívico militar en Miraflores, con un líder desequilibrado y que se creía la reencarnación de Bolívar, Venezuela iba directo hacia el despeñadero porque no era precisamente la lucidez ni la racionalidad, lo que empujaba el rumbo de esta nación, sino un populismo mentiroso, ramplón y descaradamente deshonesto?

“El monje”, así lo catalogaron sus propios compañeros del equipo ministerial. A lo mejor, como buen diente roto, se imaginó que el mote lo distinguía por la frugalidad y su sequía de discursos en relación con el inmenso despeñadero de palabra que era su máximo jefe y su ídolo. Hoy su nuevo jefe, Nicolás Maduro, le da la patada y le carga sobre sus hombros todo el estiércol acumulado en 15 años de robos y corruptelas.

Pero al cometer el error de llamarlo el Monje sus compañeros contribuían a que la gente se diera cuenta, con mayor fuerza y claridad, que el resto del equipo ministerial bolivariano no tenía nada de santo y que, por simple deducción, eran Judas capaces de cualquier trapacería en la búsqueda de bienes y dinero. Desde luego que no todos entran en el mismo saco y sería un error considerarlo así, pero al situarlo a él solito como el honrado y el decente se acusaba a otros, seguramente mejores y más honestos que él.  

El huracán de odio que se levantó con su ayuda y su supuesta sapiencia en materia económica no puede ocultar el brutal empobrecimiento que vivimos los venezolanos día a día. Se vive en el mercado y en la calle, se siente en la casa y puede cotejarse con las escasas y tardías cifras oficiales.

Tales cifras muestran que durante el primer trimestre de este año el promedio de inflación mensual fue de 2,93%, de manera que en el trimestre actual el alza de precios casi se ha duplicado. Quizás por eso mantuvieron ocultos los datos durante más de dos meses hasta que Giordani escapara por la puerta trasera. La variación anualizada al mes de mayo fue de 60,9%. Todo hace prever que la inflación supere 70%. Con tal comportamiento de los precios se empobrece la población y particularmente se empobrecen los más pobres. Al basurero, señor Giordaño.