• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Gabinete de cocina

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Hay dos expresiones, una en francés y otra en inglés, que vienen como anillo al dedo al momento de calibrar a los miembros del nuevo tren ministerial, una colcha de retazos armada con enroques y premios de consolación; la primera de ellas, bonne à tout faire, que podría traducirse como buena para hacer de todo, es comúnmente utilizada por los galos para referirse a las criadas, sirvientas o mujeres de servicio, espantosas formas de llamar a lo que en otros lugares denominan asistenta y aquí nombran con el humillante apelativo de cachifa.

La segunda, good for nothing (literalmente, bueno para nada), es a menudo, y dependiendo del contexto, traducida como inservible o inútil. Y es que en el tablero ministerial se juega con piezas verde oliva y rojas recicladas hasta al cansancio, como si se tratara de utilities buenos para cualquier cosa cuando, en realidad, se cuenta con una panda de nulidades, aptos para nada provechoso, cuyos fracasos son recompensados con mejores posiciones cuando no con altos cargos en el exterior.

En la historia de Venezuela son numerosos los ejemplos de caudillos y dictadores que vieron iluminadas sus gestiones por las opiniones y saber hacer de sus áulicos y ministros; en el siglo pasado, de Castro a Pérez Jiménez, en los consejos de ministros destacaba la perspicacia de gente muy bien formada que tenía mucho que decir y aportar a los regímenes que servían.

Los gabinetes de la democracia no se quedaron atrás, pues en ellos, además de los inevitables hombres de confianza, se integró a lúcidos intelectuales, profesionales y técnicos acreedores del respeto de sus conciudadanos, no por el poder que tenían o representaban, sino por sus credenciales.

El rojo rojito no es, desde luego, un despotismo ilustrado, en gran parte porque el cabecilla de la disparatada revolución bolivariana sólo quiso rodearse de oportunistas halagüeños, cuyos encomios inflaban su ego; y su sucesor, creyéndose igual que el mentor, parece seguir la línea trazada por esa caricatura del Bolívar que se ufanaba de ser como el sol entre sus tenientes.

Ni Chávez ni Maduro, a pesar de sus proclamas, han gobernado para el pueblo, sino para que éste los aplauda; por eso, en lugar de ministros optaron por aduladores y, sobre todo, carga culpas (valga el neologismo), pues es esa una de las ventajas de tener un equipo que trabaje para uno: habrá a quien responsabilizar de los errores propios.

Que los ministros cambien con asiduidad es síntoma de incompetencia y lo es más aún creer que el hábito hace al monje, que un médico, por galeno, debe ser ministro de salud o un jugador de beisbol, por atleta, ministro del deporte.

Si no se tienen habilidades gerenciales y la capacidad política para adelantar planes y proyectos, olvídense del tango porque lo que tendremos será, como el actual, un gabinete de cocina donde el Potro se ve mejor en pelota que Rodríguez Torres en interiores.