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EDITORIAL

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Calidad y cantidad

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Calidad y cantidad

Se veía venir la masiva deserción, no exactamente estudiantil, que afecta hoy a la educación superior. Era previsible desde que el comandante, pensando quizá en aquellos jóvenes a los que diría Woody Allen, “les da pena ir al hipódromo y ver que hasta los caballos logran terminar su carrera”, decidió que nuestras universidades no estaban hechas para el hombre nuevo.

Y como no pudo aplicar el exprópiese de rigor, se decantó por la creación de institutos parauniversitarios, a fin de alojar a los manganzones que, como chorizos, saldrían bachiburros de la Misión Sucre.

Así que ordenó a improvisados pedagogos la creación de una nueva academia, no a la cívica y platónica manera ateniense, sino al soldadesco estilo espartano. Nació, entonces, la Unefa y, con ella, otros núcleos educativos con carreras asombrosamente cortas y de esotérico currículo, profesores de medio pelo e incierto futuro para sus graduandos, a no ser que se resignen a ser permanentes paniaguados del régimen.

Ese disparatado afán de persistir en el error de creer que una licenciatura es motor de movilidad social, significó para las grandes universidades nacionales un golpe bajo a sus presupuestos, un torpedo en sus líneas de flotación de consecuencias incalculables, en cuanto al daño implícito en ellas, que significó restricciones en los programas de investigación y actualización del personal docente así como el envilecimiento de sueldos y salarios que, en algunos casos, están por debajo del mínimo recientemente decretado por el Ejecutivo, amén de otros recortes que ha provocado, en los últimos 4 años, la estampida de 1.600 profesores de emblemáticas casas de estudios superiores como la Universidad Central, la Simón Bolívar, la de los Andes, la del Zulia y la de Carabobo.

Advierte el presidente de la Asociación de Profesores de LUZ que “sólo los docentes con muchos años de servicio y varios títulos encima pueden devengar 10.000 o 15.000 bolívares mensuales”, que es lo que ofrecen algunas empresas para ocupar vacantes de escasa significación si se les compara con una cátedra universitaria.

Víctor Márquez, presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, agrega otro fenómeno: “Los cargos que están siendo desocupados quedan desiertos porque no hay personas que opten por ellos y quienes lo hacen no reúnen los requisitos”.

Preocupa el tipo de profesional que se puede estar formando en esas circunstancias y cabe preguntar si tal situación tiene remedio. Colette Capriles, profesora la USB, opina que “la defensa de la calidad de la enseñanza tiene que ver con toda la sociedad para saber si se le da o no valor al conocimiento” y estima que puede tomar a los menos 15 años revertir el impacto que ha ocasionado la crisis universitaria.

No hay duda de que esta, la bolivariana, es una revolución involutiva que se interesa más por los demagógicos objetivos cualitativos de su confusa Misión Alma Mater que por la excelencia procurada por nuestros claustros autónomos.